Tecno - CURIOSIDADES

Las patentes tecnológicas que frenan la innovación que dicen proteger

Las patentes de tecnología nacieron para proteger a los inventores, pero llevan décadas funcionando también como armas competitivas que bloquean a rivales, paralizan startups y encarecen productos que podrían ser más baratos. El sistema de patentes tecnológicas, tal como existe hoy, es uno de los frenos más eficaces contra la innovación que supuestamente defiende.

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Hay algo profundamente irónico en que el mecanismo diseñado para recompensar la creatividad se haya convertido, en muchos casos, en un instrumento para que las empresas más grandes controlen mercados enteros sin necesidad de competir en calidad ni en precio. El truco es sencillo: si tienes suficiente dinero para patentar y litigar, puedes ahogar a quien se te acerque demasiado.

¿Qué pasa cuando patentar cuesta más que inventar?

El proceso de solicitar una patente tecnológica en Estados Unidos ronda los 15.000 dólares de media, y eso contando solo los trámites básicos. Si la solicitud es compleja o hay que defenderla ante la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos (USPTO), la cifra se multiplica. Para una empresa grande, es calderilla. Para una startup con tres personas y un prototipo, puede significar la diferencia entre seguir adelante o no.

Lo más absurdo es que muchas patentes tecnológicas no describen un invento concreto, sino una idea lo suficientemente vaga como para cubrir todo lo que venga después. Amazon patentó en 1999 el concepto de “compra con un solo clic”: no una tecnología específica, sino una manera de hacer algo que cualquiera habría implementado de forma independiente. Apple tuvo que pagar para usarla durante años.

El sistema permite además que entidades sin actividad productiva acumulen patentes exclusivamente para litigar. Se las conoce como patent trolls, y su modelo de negocio es comprar carteras de patentes antiguas o vagas y demandar a empresas que, sin saberlo, han “infringido” algo. No producen nada. Solo cobran.

¿Son las patent trolls el mayor obstáculo para las startups tecnológicas?

Las patent trolls representan uno de los problemas más documentados del sistema de patentes tecnológicas actual. Un estudio de la Boston University cifró en 29.000 millones de dólares anuales las pérdidas directas que los litigios de patent trolls generaban para las empresas demandadas, y eso sin contar los costes indirectos: tiempo, recursos, distracción del equipo directivo.

Las startups son el objetivo favorito precisamente porque no pueden permitirse defender una demanda larga. El coste medio de litigar una patente en Estados Unidos supera el millón de dólares. Para una empresa pequeña, eso equivale muchas veces a cerrar. La mayoría opta por llegar a un acuerdo extrajudicial, aunque tenga razón, simplemente porque es más barato.

Esto conecta con algo que vimos al analizar algunos de los errores más costosos de la informática: las consecuencias de decisiones que parecían razonables en su momento pero que terminaron bloqueando caminos enteros de desarrollo.

El caso de Vringo contra ZTE es un ejemplo claro. Vringo, una empresa que apenas tenía actividad propia, compró patentes de Nokia relacionadas con la búsqueda en redes móviles y demandó a ZTE en 2012. Ganó. La tecnología en disputa era básica, ampliamente usada por la industria, y la sentencia generó un precedente que hizo a muchas empresas replantearse sus estrategias de desarrollo.

¿Cómo bloquean las grandes tecnológicas la competencia con sus carteras de patentes?

Las grandes empresas tecnológicas acumulan patentes no solo para proteger sus propios productos, sino para crear barreras de entrada que desanimen a cualquier competidor. Google, Apple, Microsoft, Samsung e IBM tienen carteras con decenas de miles de patentes activas cada una. La función defensiva y la función ofensiva se mezclan hasta hacerse indistinguibles.

El episodio más famoso de las guerras de patentes en tecnología ocurrió entre 2010 y 2014, cuando Apple y Samsung se demandaron mutuamente en más de diez países simultáneamente por el diseño y las funciones de sus teléfonos. El coste total en honorarios legales de ambas partes superó los 500 millones de dólares. Ese dinero no fue a I+D. No financió ningún avance. Se evaporó en abogados y procedimientos judiciales.

Lo que no suele contarse es que, en paralelo a esas guerras públicas, las empresas grandes firman acuerdos de licencia cruzada entre ellas. Básicamente se dicen: “Yo no te demando por mis 30.000 patentes si tú no me demandas por las tuyas.” El problema es que una startup no tiene 30.000 patentes con las que negociar. Así que el sistema favorece a quienes ya están dentro y hace casi imposible entrar desde fuera.

Hay sectores donde esto es especialmente grave. En telecomunicaciones, las patentes esenciales para estándares (las llamadas SEP, Standard Essential Patents) son propiedad de un puñado de empresas que pueden cobrar royalties a cualquiera que fabrique un dispositivo compatible con 4G o 5G. Qualcomm ha protagonizado varias investigaciones antimonopolio en Europa, Estados Unidos y Corea del Sur por cómo gestiona estas licencias.

¿Protegen realmente las patentes a los pequeños inventores?

En teoría, las patentes existen precisamente para que un inventor individual pueda proteger su trabajo frente a empresas con más recursos. En la práctica, defender una patente cuesta tanto como obtenerla, a veces más, y el resultado depende en gran medida de quién tiene más fondos para sostener el proceso legal.

Hay historias en las que el sistema funciona. Pero hay muchas más en las que no. El inventor británico James Dyson pasó años litigando contra Hoover por una patente de su sistema de aspiración sin bolsa. Ganó, en 2000, y obtuvo 4 millones de libras en compensación. Sin embargo, Dyson ya era una empresa establecida en ese momento. La mayoría de los inventores individuales no llegan tan lejos.

El problema estructural es que hay dinámicas de poder en la industria tecnológica que funcionan de forma muy distinta a como se describen oficialmente. No siempre gana quien tiene razón. Gana quien puede sostener el proceso más tiempo.

En el ámbito del software, el debate se complica todavía más. La Unión Europea ha resistido históricamente la patentabilidad directa del software como tal, aunque hay vías indirectas. En Estados Unidos, la sentencia Alice Corp. v. CLS Bank, del Tribunal Supremo en 2014, intentó limitar las patentes de software demasiado abstractas, con resultados mixtos. Algunas se invalidaron. Otras se reescribieron para sobrevivir.

La industria farmacéutica tiene su propia versión del problema, aunque con consecuencias todavía más directas sobre vidas humanas. Las empresas alargan artificialmente la protección de patentes mediante pequeñas modificaciones en fórmulas ya existentes, una práctica conocida como evergreening. En tecnología ocurre algo análogo: se patentan variaciones menores de productos ya protegidos para extender el monopolio más allá del período original. Veinte años de exclusividad se convierten en treinta o cuarenta si se hace bien.

El coste de todo esto lo paga el consumidor, que compra productos más caros de lo que serían en un mercado más abierto, y también el desarrollador independiente que no puede construir sobre lo que ya existe sin pagar licencias. El conocimiento tecnológico, en lugar de acumularse y fluir, queda fragmentado en parcelas privadas.

Hay voces que defienden reformar el sistema antes que abolirlo. La USPTO ha endurecido en los últimos años los criterios para conceder patentes de software y métodos de negocio. La Unión Europea trabaja en marcos más restrictivos. Pero los cambios son lentos y las carteras acumuladas durante décadas no desaparecen de un día para otro.

Algo parecido ocurre con los datos personales: quién controla la información determina quién tiene poder, y cambiar esa dinámica requiere algo más que buenas intenciones regulatorias.

El movimiento del software libre y el open source nació en parte como respuesta directa a estas restricciones. Linus Torvalds publicó el kernel de Linux en 1991 bajo una licencia que garantizaba que nadie pudiera apropiarse exclusivamente de ese trabajo. Hoy, Linux corre en el 96% de los servidores del mundo. Es quizás el experimento más grande jamás realizado sobre qué pasa cuando se elimina la barrera de la patente en el desarrollo tecnológico.

Eso no significa que el open source sea la solución a todo. Hay proyectos que necesitan financiación que solo viene con la posibilidad de monetizar exclusivamente. Pero demuestra que la innovación puede prosperar sin patentes, al menos en ciertos contextos.

Las guerras de patentes también tienen efectos menos visibles. Cuando una empresa sabe que moverse en cierta dirección puede desencadenar una demanda, sencillamente no se mueve. Se autocensura. No hay forma de medir cuántas ideas no han llegado a existir porque alguien calculó que el riesgo legal era demasiado alto. Ese es quizás el daño más profundo del sistema actual: la innovación que nunca ocurrió.

El negocio de anticiparse a lo que harán los consumidores tiene también su componente de patentes: las empresas patentan métodos predictivos para asegurarse de que nadie más pueda usar sus modelos, aunque la tecnología subyacente sea perfectamente replicable por otro camino.

Y luego está la cuestión geopolítica. China ha pasado de ser un importador neto de tecnología patentada a ser uno de los mayores solicitantes de patentes del mundo. En 2023, la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual registró a Huawei como la empresa con más solicitudes internacionales de patente por séptimo año consecutivo. El juego de acumulación de patentes ya no es solo corporativo: es también una extensión de la rivalidad entre potencias.

Que el sistema necesita ajustes es algo en lo que coinciden expertos de orientaciones muy distintas. Que esos ajustes vayan a llegar pronto, a la velocidad que avanza la tecnología, es bastante más dudoso. Las instituciones cambian despacio; la tecnología, no.

Merece la pena recordar que muchos de los mitos que rodean a la industria tecnológica tienen que ver con esta distancia entre el relato oficial y lo que realmente ocurre en el mercado.

¿Llegará un momento en que la IA invalide el sistema de patentes tal como lo conocemos?

La inteligencia artificial ya genera código, diseños y soluciones técnicas que en otro contexto serían patentables. El problema es que el sistema de patentes fue construido sobre la idea de un inventor humano identificable. Cuando una IA produce algo nuevo, ¿quién es el inventor? ¿La empresa que la entrena? ¿El usuario que hace la consulta? ¿Nadie?

La USPTO ha aclarado que los sistemas de IA no pueden ser inventores reconocidos bajo la ley actual. Pero eso no resuelve el problema de fondo: si la IA acelera la producción de “inventos” hasta hacerla masiva, el sistema de patentes, ya sobrecargado, podría volverse inmanejable. O podría ser usado de una forma completamente nueva: patentar preventivamente miles de variaciones generadas por IA para bloquear cualquier desarrollo futuro en una dirección determinada.

Nadie sabe aún cómo se va a resolver esto. Los organismos reguladores van muy por detrás de la tecnología, como ocurre casi siempre. Y mientras tanto, la IA sigue generando contenido y productos cuya autoría y propiedad son preguntas abiertas sin respuesta clara.

La pregunta real no es si el sistema de patentes tecnológicas tiene fallos, porque los tiene y están documentados. La pregunta es si las instituciones capaces de reformarlo tienen suficiente interés en hacerlo, o si los que más se benefician del sistema actual tienen demasiado que perder para dejar que cambie.

Preguntas frecuentes

¿Qué es una patent troll?

Una patent troll es una empresa que no fabrica ni desarrolla productos propios, sino que acumula carteras de patentes para demandar a otras empresas por infracción. Su modelo de negocio depende del litigio o de la amenaza de litigio. Suelen dirigirse a startups con menos recursos para defenderse, lo que las obliga a pagar acuerdos aunque tengan razón técnica o legal.

¿Cuánto tiempo dura una patente tecnológica?

La duración estándar es de 20 años desde la fecha de solicitud, en la mayoría de los países con acuerdos internacionales como el Tratado PCT. Sin embargo, algunas empresas alargan de forma efectiva esa protección patentando variaciones menores del mismo producto antes de que expire la patente original, una práctica especialmente habitual en farmacéutica pero que también existe en tecnología.

¿Es cierto que el software no se puede patentar en Europa?

La ley europea no permite patentar el software “como tal”, pero sí permite proteger invenciones que se implementan mediante software si tienen un efecto técnico concreto. En la práctica, esto ha dado pie a miles de patentes que cubren funcionalidades de software, aunque con criterios más restrictivos que en Estados Unidos. El debate sobre dónde trazar la línea sigue abierto.

¿Puede una startup protegerse de las guerras de patentes?

Hay estrategias, pero ninguna es completamente fiable. Algunas startups optan por publicar su tecnología antes de que alguien la patente, lo que crea “arte anterior” que invalida solicitudes futuras. Otras participan en acuerdos colectivos de no agresión como el Open Invention Network. Pero frente a una demanda directa con recursos limitados, las opciones reales son pocas.

¿Qué relación tienen las patentes tecnológicas con el precio de los móviles?

Una parte del precio de cada smartphone cubre el coste de las licencias de patentes que el fabricante paga por las tecnologías incluidas, desde protocolos de comunicación hasta algoritmos de compresión de imagen. Qualcomm, por ejemplo, cobra royalties por sus patentes de conectividad a prácticamente todos los fabricantes del mercado. Ese coste se traslada, en mayor o menor medida, al precio final.

¿Puede una inteligencia artificial ser reconocida como inventora en una patente?

Hoy no, al menos en las principales jurisdicciones. La USPTO y la Oficina Europea de Patentes han rechazado solicitudes que designaban a sistemas de IA como inventores, argumentando que la ley exige un inventor humano. El debate es activo porque las IA ya generan soluciones técnicas novedosas, y la legislación no tiene todavía una respuesta clara sobre quién ostenta los derechos en esos casos.