Tecno - CURIOSIDADES

Las conspiraciones tecnológicas que resultaron ser verdad

Algunas conspiraciones tecnológicas que resultaron ser verdad no eran teorías de lunáticos: eran hechos que tardaron años en salir a la luz. La vigilancia masiva de la NSA, los acuerdos secretos entre plataformas y anunciantes, los algoritmos diseñados para generar adicción. Todo eso sonaba a paranoia antes de que alguien abriera la boca o filtrara los documentos.

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Vale la pena repasar los casos en los que la sospecha colectiva acertó, porque dice mucho sobre cómo funciona la industria tecnológica cuando nadie mira.

¿Qué conspiraciones tecnológicas han resultado ser verdad?

Las conspiraciones tecnológicas verdaderas comparten un patrón: alguien las denuncia, la empresa lo niega, y años después los documentos internos o las investigaciones judiciales confirman que era cierto. El caso más citado, y con razón, es el de Edward Snowden. En junio de 2013, este excontratista de la NSA filtró al Washington Post y a The Guardian miles de documentos clasificados que demostraban que la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos había construido un sistema de vigilancia global. El programa se llamaba PRISM y permitía acceder a datos de usuarios de Google, Microsoft, Apple, Facebook, Yahoo y otras plataformas. No era una suposición ni una deducción: había diapositivas internas, correos y acuerdos documentados.

Antes de las filtraciones, cualquiera que afirmara que el gobierno estadounidense espiaba las comunicaciones de sus propios ciudadanos con la complicidad de las grandes tecnológicas era tachado de conspiranoico. Después de Snowden, ese relato se convirtió en historia oficial.

Otro caso documentado es el de Facebook y Cambridge Analytica. Durante años, Facebook permitió a desarrolladores externos extraer datos masivos de usuarios sin que estos lo supieran. Cambridge Analytica, una consultora política británica, accedió a los perfiles de aproximadamente 87 millones de personas a través de una aplicación de test de personalidad. Con esos datos construyó modelos psicográficos que, según sus propios ejecutivos, se usaron para influir en las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 2016 y en el referéndum del Brexit. La periodista Carole Cadwalladr y el investigador Christopher Wylie destaparon el escándalo en 2018. Facebook pagó 5.000 millones de dólares en multas a la Comisión Federal de Comercio (FTC) de Estados Unidos, lo que supone el mayor acuerdo regulatorio de su historia hasta esa fecha.

Esto conecta con algo que llevamos tiempo analizando aquí: el negocio de predecir comportamientos a partir de datos que cedemos sin leer la letra pequeña.

¿Las redes sociales están diseñadas para ser adictivas?

Sí, y hay exempleados de estas empresas que lo han confirmado con nombre y apellidos. Durante años, la idea de que las plataformas manipulan deliberadamente la atención del usuario se presentaba como exageración de críticos tecnófobos. Luego llegaron los testimonios.

Tristan Harris, exempleado de Google que trabajó como especialista en ética del diseño, explicó en detalle cómo el diseño de las aplicaciones emplea técnicas de refuerzo variable, exactamente el mismo mecanismo psicológico que hace que las tragaperras sean adictivas. Las notificaciones, los likes, el scroll infinito: ninguno de esos elementos es accidental. Harris fundó el Centro para la Tecnología Humana y testificó ante el Congreso de Estados Unidos en 2019.

El caso de Frances Haugen fue más lejos. Esta ingeniera de datos de Facebook filtró en 2021 miles de documentos internos que demostraban que la compañía sabía que Instagram causaba daño psicológico en adolescentes, especialmente en chicas, y que había tomado la decisión interna de no actuar de forma significativa para no comprometer el crecimiento de la plataforma. Los documentos, conocidos como los Facebook Papers, fueron publicados por un consorcio de medios internacionales. Meta negó algunas interpretaciones, pero no pudo negar los documentos.

Lo que antes era una acusación sin pruebas se convirtió en evidencia interna de la propia empresa.

¿Los móviles nos escuchan para mostrarnos publicidad?

Aquí la respuesta honesta es más compleja. No hay pruebas técnicas sólidas y verificadas de que los micrófonos de los teléfonos estén activos de forma continua para alimentar publicidad dirigida. Lo que sí está documentado es que las plataformas no necesitan escucharte para saber lo que piensas, porque los datos de comportamiento que ya tienen son suficientes para anticiparse a tus intereses con una precisión que parece sobrenatural.

La sensación de que «el móvil te escucha» es real y comprensible, pero la explicación probablemente sea menos cinematográfica: los algoritmos de segmentación publicitaria son tan precisos que generan esa ilusión. Google y Meta tienen modelos que infieren intereses, estados emocionales y momentos vitales a partir del historial de búsquedas, el tiempo que pasas en cada tipo de contenido, la geolocalización y los patrones de uso. No hace falta el micrófono cuando ya tienes todo lo demás.

No obstante, hay un matiz que no conviene ignorar. Aplicaciones como Facebook han pedido y obtenido permisos de micrófono en dispositivos, y el uso de esos permisos no siempre queda claro en los términos de servicio. Investigadores de la Universidad de Northeastern realizaron en 2018 un estudio con más de 17.000 aplicaciones de Android y encontraron que algunas grababan y enviaban capturas de pantalla a terceros sin consentimiento explícito del usuario, aunque no encontraron evidencia de transmisión de audio continua para publicidad. La línea entre lo que está técnicamente probado y lo que sigue siendo sospecha razonable importa: son cosas distintas.

En cualquier caso, lo que saben de ti las grandes plataformas ya sin necesidad de escucharte es suficiente para que la preocupación sea del todo legítima.

¿Los gobiernos usan software espía en los teléfonos de ciudadanos?

Esto ya no es una teoría: es un hecho probado con víctimas identificadas. Pegasus es un software espía desarrollado por la empresa israelí NSO Group que permite acceder de forma remota a un teléfono, leer mensajes, activar la cámara y el micrófono, y extraer datos, todo ello sin que el usuario haga nada. No requiere que la víctima pulse ningún enlace, gracias a vulnerabilidades conocidas como «exploits de cero clic».

El Proyecto Pegasus, una investigación conjunta de dieciséis medios internacionales publicada en julio de 2021 y coordinada por Forbidden Stories, reveló una lista de más de 50.000 números de teléfono que habían sido objetivos potenciales del software. Entre ellos había periodistas, activistas, abogados, jefes de Estado y opositores políticos de países como México, Arabia Saudí, India, Marruecos y varios estados de la Unión Europea. El teléfono de Emmanuel Macron, entonces presidente de Francia, estaba en la lista.

Amnistía Internacional realizó análisis forenses de varios dispositivos y confirmó la presencia del software. Apple emitió actualizaciones de seguridad urgentes y demandó a NSO Group en noviembre de 2021. La empresa israelí alega que solo vende a gobiernos y solo para usos legales, pero la evidencia recogida apunta a un uso sistemático contra personas que no representan ninguna amenaza criminal.

Todo esto encaja con un patrón más amplio: la vigilancia digital que no vemos no siempre viene de actores obvios ni por los canales que imaginamos.

Acuerdos ocultos, datos vendidos y algoritmos que mienten

Hay más casos que merecen mención, aunque con distinto grado de documentación. Google firmó acuerdos secretos con Facebook para coordinar sus estrategias publicitarias en detrimento de los competidores: el programa interno se llamaba «Jedi Blue» y fue detallado en una demanda antimonopolio del Departamento de Justicia de Estados Unidos presentada en 2021. Los documentos del caso muestran comunicaciones internas que describen el acuerdo con suficiente detalle como para que no quede margen de interpretación.

También está el caso de los perfiles digitales sin identidad real usados para moldear opinión pública. Las operaciones de influencia a través de cuentas falsas coordinadas han sido documentadas por los propios equipos de seguridad de Twitter y Facebook, que publicaron informes con nombres de operaciones, países de origen y volúmenes de cuentas eliminadas. Rusia, China, Irán y otros estados han sido identificados en esos informes. No es especulación: son datos publicados por las propias plataformas.

Los algoritmos de recomendación, por su parte, amplifican deliberadamente el contenido que genera más reacción emocional, lo que en la práctica favorece la desinformación y el enfado. Esto no es una teoría: la propia investigación interna de Facebook, filtrada por Haugen, menciona que los ingenieros de la empresa sabían que el algoritmo de noticias tenía ese efecto y que las correcciones propuestas fueron bloqueadas internamente. Frances Haugen testificó sobre esto ante el Parlamento Europeo en noviembre de 2021.

Conviene también recordar que el mercado del cibercrimen organizado opera con una escala que hasta hace pocos años habría parecido inverosímil, y que durante años se minimizó su alcance real.

¿Qué conspiraciones tecnológicas siguen sin confirmarse?

Varias teorías circulan con fuerza y no tienen respaldo documental sólido. La idea de que los chips de las vacunas de ARN mensajero sirven para rastrear a la población no tiene ninguna base técnica ni prueba de ningún tipo: no existe la infraestructura que haría falta para algo así, ni el mecanismo biológico que lo permitiría. La de que los deepfakes ya suplantan a líderes mundiales en tiempo real para tomar decisiones de Estado tampoco tiene casos probados, aunque la tecnología existe y la amenaza potencial es real.

Otras teorías quedan en una zona gris incómoda. ¿Las plataformas de streaming ajustan sus precios según tu historial de pagos o tu dispositivo? Hay indicios y denuncias de usuarios, pero no documentación interna que lo confirme de forma inequívoca. ¿Los asistentes de voz guardan grabaciones más allá de lo que admiten? Amazon ha reconocido que empleados humanos revisaban grabaciones de Alexa para mejorar el sistema, algo que sus propios términos de servicio no hacían evidente. Confirmado parcialmente, no en su peor versión hipotética.

La diferencia entre una conspiración verdadera y una falsa no siempre es obvia desde fuera. Lo que sí suele distinguirlas es la existencia de documentos, testigos con acceso real a la información y verificación independiente. Cuando esos tres elementos coinciden, la «teoría» deja de ser teoría.

También hay que tener en cuenta que algunos mitos de seguridad digital se han perpetuado precisamente porque mezclan hechos reales con extrapolaciones sin base, lo que hace más difícil distinguir lo probado de lo imaginado.

¿Seguirán saliendo a la luz casos que hoy parecen impensables?

El patrón histórico sugiere que sí. Cada uno de los casos descritos aquí tardó entre tres y diez años en pasar de rumor a escándalo documentado. La vigilancia de la NSA existía desde antes de 2001 y no se probó hasta 2013. Los efectos de Instagram en la salud mental de los adolescentes se conocían internamente en Facebook desde 2019 y no se hicieron públicos hasta 2021. Los acuerdos entre Google y Facebook sobre publicidad se sospechaban en el sector desde hacía años antes de que los documentos judiciales los confirmaran.

Las herramientas de verificación mejoran, los exempleados hablan más y las investigaciones judiciales llegan más lejos que antes. Eso no significa que toda sospecha sea válida: la mayoría de las conspiraciones tecnológicas que circulan hoy no tienen ningún fundamento. Pero algunas de las que suenan a ficción quizás solo están esperando a que alguien encuentre los documentos correctos.

La pregunta incómoda es cuáles de las sospechas actuales, las que todavía se descartan como paranoia, tendrán dentro de diez años su propio Snowden o su propia Frances Haugen.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el programa PRISM de la NSA?

PRISM es un programa de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos que permitía acceder a datos de usuarios almacenados en servidores de empresas como Google, Apple, Microsoft y Facebook. Su existencia fue revelada por Edward Snowden en 2013 mediante documentos clasificados que entregó a varios medios de comunicación internacionales.

¿Qué demostró el caso Cambridge Analytica?

Demostró que Facebook permitió durante años el acceso masivo a datos de usuarios sin consentimiento claro. Cambridge Analytica obtuvo perfiles de unos 87 millones de personas y construyó modelos predictivos de comportamiento que se usaron en campañas políticas. El escándalo salió a la luz en 2018 y le costó a Meta una multa de 5.000 millones de dólares en Estados Unidos.

¿Es cierto que el móvil nos escucha para darnos publicidad?

No hay pruebas técnicas verificadas de que los micrófonos de los teléfonos estén activos de forma continua para alimentar anuncios. Lo documentado es que los algoritmos publicitarios son tan precisos con los datos de comportamiento que ya recopilan que generan esa sensación. Eso no significa que el uso de permisos de micrófono sea siempre transparente: ahí sí hay casos documentados de opacidad.

¿Qué es Pegasus y a quién ha afectado?

Pegasus es un software espía de la empresa israelí NSO Group capaz de infectar un teléfono sin que el usuario interactúe con nada. El Proyecto Pegasus, publicado en 2021, identificó más de 50.000 números como objetivos potenciales, entre ellos periodistas, activistas y varios jefes de Estado. Amnistía Internacional confirmó la presencia del software en dispositivos analizados de forma forense.

¿Cómo se puede distinguir una conspiración tecnológica real de una falsa?

Los casos que resultaron ser ciertos comparten tres elementos: documentos internos o filtrados, testigos con acceso directo a la información y verificación independiente por parte de investigadores o medios. Las teorías que solo se sostienen en coincidencias, interpretaciones o fuentes anónimas sin evidencia material raramente superan ese filtro.

¿Sabía Facebook que Instagram era dañino para los adolescentes?

Según los documentos internos filtrados por Frances Haugen en 2021, la respuesta es sí. La propia investigación interna de la compañía mostraba efectos negativos en la imagen corporal y la salud mental de adolescentes, especialmente chicas. Meta cuestionó algunas interpretaciones de los datos, pero no negó la existencia de los documentos ni los estudios internos citados.