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La desigualdad tecnológica: los países que se quedan fuera de la siguiente revolución

La desigualdad tecnológica entre países no es una proyección de futuro: es una fractura que ya está abierta y que se agranda con cada nuevo ciclo de innovación. Mientras un puñado de economías concentra la infraestructura, el talento y el capital necesarios para desarrollar inteligencia artificial, computación cuántica o semiconductores avanzados, la mayoría del mundo observa desde fuera, cuando observa. El problema no es solo quedarse atrás en la carrera tecnológica; es que quedarse atrás hoy tiene consecuencias económicas, sanitarias y políticas que se acumulan durante décadas.

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Los datos ayudan a entender la magnitud. Según el Banco Mundial, unos 2.600 millones de personas seguían sin acceso a internet en 2023. No hablamos solo de zonas rurales remotas: hay barrios enteros de ciudades medianas en África subsahariana, Asia central y América Latina donde la conectividad sigue siendo cara, inestable o inexistente. Y sin conexión, todo lo que viene después, los modelos de lenguaje, la telemedicina, la automatización inteligente, resulta directamente irrelevante.

¿Qué separa a los países que lideran la tecnología de los que se quedan fuera?

La respuesta corta es: varias décadas de inversión acumulada en educación, infraestructura y marcos regulatorios que incentivaron la innovación. Estados Unidos, China, Corea del Sur, Alemania y unos pocos más han construido ecosistemas donde el capital privado y la inversión pública se retroalimentan. El resto del mundo no partió en el mismo punto de salida.

China es el ejemplo más llamativo de ascenso deliberado. En los años noventa era un país con una base tecnológica modesta; hoy compite con Estados Unidos en patentes de inteligencia artificial, produce la mayoría de los paneles solares del mundo y tiene empresas como Huawei, Alibaba o ByteDance con presencia global. Ese salto no fue espontáneo: fue el resultado de políticas industriales sostenidas durante treinta años, con objetivos claros y recursos masivos del Estado.

Lo que ese ejemplo muestra también es que la brecha no es inevitable por naturaleza. Pero sí es muy difícil de cerrar sin condiciones que la mayoría de países en desarrollo simplemente no tienen: acceso a capital a largo plazo, estabilidad institucional suficiente para atraer inversión extranjera y una masa crítica de ingenieros y científicos formados. Cuando uno de esos elementos falta, los otros no bastan.

La fuga de cerebros agrava el problema de forma sistemática. Países que forman talento técnico de calidad ven cómo ese talento emigra a Silicon Valley, Londres o Berlín porque los salarios, las oportunidades y los recursos de investigación son incomparables. Nigeria, por ejemplo, produce ingenieros de software que están entre los más demandados en el mercado global, pero muchos desarrollan su carrera fuera del país. El valor añadido se genera donde el dinero está, no donde la persona nació.

¿Cómo afecta la desigualdad tecnológica entre países a la vida cotidiana?

La desigualdad tecnológica entre países tiene efectos muy concretos sobre personas que nunca han oído hablar de semiconductores ni de modelos de lenguaje. El más visible es el mercado laboral: la automatización está eliminando empleos de manufactura repetitiva en todo el mundo, pero los nuevos empleos que genera, en desarrollo de software, análisis de datos o mantenimiento de sistemas complejos, se concentran en los países que ya tienen la infraestructura y la formación para captarlos.

Un trabajador textil en Bangladesh o un operario de ensamblaje en México no pierde su empleo frente a un competidor humano más barato, sino frente a una máquina instalada en una fábrica más cerca del mercado final. La automatización no tiene por qué beneficiar al país donde antes se fabricaba, y los modelos de desarrollo económico basados en mano de obra barata van a tener mucho menos recorrido en los próximos veinte años.

La sanidad es otro terreno donde la brecha duele. Los diagnósticos asistidos por inteligencia artificial ya están mejorando la detección temprana de cáncer, tuberculosis o retinopatía diabética en hospitales bien equipados. Algunos de esos sistemas están llegando también a contextos de bajos recursos, pero la velocidad de adopción es radicalmente distinta. Algo parecido ocurrió con la tecnología educativa: la promesa de acceso universal choca siempre con la realidad de quién puede pagar la infraestructura necesaria para sostenerla.

En el campo de la educación, la diferencia se mide en décadas. Mientras los estudiantes de países con alta renta aprenden a trabajar con herramientas de inteligencia artificial desde la secundaria, en muchos países de renta baja la enseñanza primaria sigue dependiendo de pizarras y libros de texto desactualizados. La verdadera brecha digital ya no es de acceso sino de competencia: saber usar un dispositivo no equivale a saber aprovechar lo que ofrece.

¿Puede la inteligencia artificial cerrar o ampliar esta brecha?

La inteligencia artificial puede ir en las dos direcciones, y ahora mismo va más en la segunda. Los grandes modelos de lenguaje como GPT-4, Gemini o Claude están entrenados mayoritariamente en inglés y en datos procedentes de internet occidental. Eso significa que sus capacidades son mucho más útiles para hablantes de inglés, francés o alemán que para hablantes de swahili, hausa o quechua. No es un defecto técnico menor: el idioma determina quién se beneficia de la herramienta, y los idiomas con menos representación digital son precisamente los de las comunidades más vulnerables.

Hay iniciativas que intentan corregir esto. Masakhane es una comunidad de investigadores africanos que trabaja en modelos de procesamiento de lenguaje natural para lenguas africanas. AI4Bharat hace algo similar para idiomas de India. Estos proyectos existen y producen resultados, pero operan con presupuestos que no se acercan ni de lejos a los de OpenAI o Google DeepMind. La escala importa en inteligencia artificial más que en casi cualquier otra tecnología anterior.

Donde la inteligencia artificial sí está mostrando un potencial real para reducir desigualdad es en aplicaciones muy concretas y de bajo coste de despliegue: diagnóstico médico por imagen en zonas sin especialistas, predicción de cosechas para pequeños agricultores, traducción automática para comunidades con acceso limitado a servicios. El potencial existe, pero depende de que alguien lo financie y de que los modelos se entrenen con datos relevantes para esas comunidades, no solo con los disponibles en internet.

Todo esto conecta con un debate más amplio sobre el papel de la tecnología en los equilibrios de poder globales. Quien controla la infraestructura digital, los cables submarinos, los centros de datos, los sistemas de pago, tiene una palanca de influencia que va mucho más allá de lo económico.

¿Qué papel juegan las grandes tecnológicas en la desigualdad tecnológica entre países?

Las grandes empresas tecnológicas tienen una relación ambigua con la desigualdad tecnológica entre países. Por un lado, proyectos como Starlink de SpaceX o los antiguos globos Loon de Alphabet han intentado llevar conectividad a zonas remotas con modelos que no dependen de infraestructura terrestre. Meta lleva años invirtiendo en cables submarinos que mejoran la conectividad en África y Asia. Alphabet tiene inversiones en proveedores de internet en varios países emergentes.

Por otro lado, esa presencia no es filantrópica. Cada nuevo usuario conectado es un nuevo mercado publicitario, una nueva fuente de datos y un nuevo punto de entrada para los servicios de pago. Las condiciones en que esa conectividad llega, qué plataformas vienen preinstaladas, qué datos se recogen, quién decide las reglas, raramente las negocia el país receptor desde una posición de fuerza. La dependencia digital funciona igual que cualquier otro tipo de dependencia estructural: una vez dentro del sistema, salir tiene un coste altísimo.

India es uno de los casos donde este equilibrio se está renegociando con más decisión. El gobierno indio ha impulsado políticas de localización de datos, ha desarrollado infraestructura digital pública propia (el sistema de pagos UPI es el ejemplo más conocido) y ha buscado activamente posicionar a sus empresas tecnológicas en mercados del sur global. No todos los países tienen el peso demográfico y económico de India para hacer eso, pero el modelo muestra que la dependencia no es completamente inevitable.

En América Latina, el panorama es más fragmentado. Brasil tiene un sector tecnológico doméstico relativamente robusto, con empresas como Nubank o Totvs que compiten en mercados regionales. México y Colombia tienen ecosistemas de startups activos. Pero la mayor parte de la región sigue siendo consumidora neta de tecnología producida fuera, con poca capacidad de influir en las condiciones de esa tecnología. Los jóvenes que crecieron con internet en estos países son perfectamente capaces de crear tecnología; el problema es el entorno que los rodea cuando intentan hacerlo.

El debate sobre semiconductores añade otra capa. Los chips avanzados, los que hacen posible la inteligencia artificial de alto rendimiento, se fabrican básicamente en Taiwán (TSMC), con maquinaria holandesa (ASML) y diseños que en su mayoría vienen de empresas estadounidenses. Ningún país del sur global participa en esa cadena de valor de forma significativa. Las restricciones que Estados Unidos impuso a la exportación de chips avanzados a China en 2022 pusieron en evidencia hasta qué punto controlar esa cadena equivale a controlar quién puede desarrollar qué tecnología.

Hay países que están intentando cambiar eso a largo plazo. India está invirtiendo en fábricas de semiconductores con apoyo estatal. Arabia Saudí y los Emiratos están comprando participaciones en empresas tecnológicas y atrayendo centros de datos con incentivos fiscales agresivos. Son movimientos interesantes, pero construir una capacidad real en semiconductores lleva décadas y miles de millones de dólares, y los que ya están en la carrera no van a esperar.

La desigualdad tecnológica también tiene una dimensión generacional que vale la pena nombrar. Los niños que crecen con inteligencia artificial desde el principio van a tener una relación con la tecnología radicalmente distinta a la de quienes la adoptan de adultos. Esa diferencia también se distribuye de forma muy desigual según el país y el nivel de renta familiar. El modo en que las pantallas y las herramientas digitales moldean el pensamiento no afecta igual a quien tiene acceso desde pequeño que a quien lo tiene de forma intermitente y sin acompañamiento.

¿Puede un país saltarse etapas o está condenado a seguir el mismo camino que los que ya llegaron?

Algunos países han demostrado que es posible saltarse etapas, aunque con condiciones muy específicas. El ejemplo más citado es el de Ruanda, que apostó por la conectividad de fibra óptica y los servicios digitales sin haber pasado por una fase larga de telefonía fija. O el de Kenia, donde M-Pesa creó un sistema de pagos móviles que llegó a poblaciones sin cuenta bancaria años antes de que los bancos tradicionales lo intentaran. Estos casos son reales y merecen atención, pero también hay que tener cuidado con convertirlos en narrativas de éxito que justifiquen no invertir en las condiciones estructurales que los hicieron posibles.

M-Pesa funciona porque Safaricom, la operadora que lo gestiona, tiene una posición cuasi monopolística en el mercado keniano y recibió un marco regulatorio favorable en un momento oportuno. Ruanda tiene una densidad de población, una superficie y un gobierno con una capacidad de ejecución específica que no se replica fácilmente. Los saltos tecnológicos siempre tienen un contexto que los modelos de éxito tienden a subrayar menos que el propio salto.

Lo que sí parece claro es que esperar a que el mercado distribuya los beneficios tecnológicos de forma equitativa es una apuesta que la evidencia histórica no respalda. La electricidad tardó décadas en llegar a las zonas rurales de los países que la desarrollaron, y solo lo hizo cuando los Estados decidieron que era una infraestructura que merecía subsidio público. La pregunta es si la comunidad internacional, y los propios Estados, van a tomar esa decisión con la tecnología digital antes de que la brecha sea demasiado profunda para cerrar.

¿Importará más la desigualdad tecnológica que la económica en las próximas décadas?

La desigualdad tecnológica entre países y la desigualdad económica van a ser cada vez más difíciles de separar, porque la capacidad de generar riqueza depende cada vez más de la posición en la cadena tecnológica global. Un país que no puede desarrollar, ni retener, ni siquiera regular su propio entorno digital va a tener mucho menos margen para decidir su propio futuro económico. No hace falta llegar a escenarios extremos para ver eso: ya está pasando, despacio y sin grandes titulares.

La pregunta que queda abierta es si los organismos internacionales, las instituciones de desarrollo y los propios gobiernos de los países más rezagados van a tratar la infraestructura tecnológica con la misma urgencia que trataron, en su momento, la electrificación o el agua potable. O si vamos a seguir hablando de “brecha digital” mientras el mundo se divide entre los que diseñan el futuro y los que lo reciben ya empaquetado.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la desigualdad tecnológica entre países y por qué importa?

La desigualdad tecnológica entre países describe la diferencia en capacidad para desarrollar, adoptar y regular tecnología avanzada. Importa porque esa capacidad determina cada vez más quién genera riqueza, quién tiene acceso a sanidad de calidad y quién puede influir en las reglas globales del comercio digital. No es solo una cuestión técnica: es una cuestión de poder.

¿Qué países tienen más riesgo de quedarse fuera de la siguiente oleada tecnológica?

Los países con menor riesgo son los que combinan infraestructura digital extensa, formación técnica sólida y marcos regulatorios estables. Los más expuestos son los de renta baja con alta dependencia de exportaciones de materias primas, poca inversión en educación técnica y fuga de talento sostenida. Gran parte del África subsahariana, algunos países de Asia central y zonas de América Latina y el Caribe están en esa situación.

¿Puede la inteligencia artificial ayudar a reducir la brecha entre países ricos y pobres?

Puede hacerlo en casos concretos: diagnóstico médico remoto, traducción automática, predicción agrícola. Pero los modelos más potentes se entrenan con datos y en idiomas de países ricos, lo que limita su utilidad para comunidades con menos representación digital. Sin inversión dirigida y sin desarrollo de modelos adaptados a contextos locales, la inteligencia artificial tiene más probabilidades de ampliar la brecha que de reducirla.

¿Por qué los países en desarrollo no fabrican sus propios chips o tecnología avanzada?

Fabricar semiconductores avanzados requiere maquinaria que solo produce una empresa en el mundo (ASML, en los Países Bajos), materiales muy específicos, ingeniería de alto nivel y décadas de inversión acumulada. El coste de entrada es tan alto que incluso países con economías medianas no pueden afrontarlo sin apoyo estatal masivo. La cadena de valor está tan concentrada que romperla es uno de los desafíos geopolíticos más complejos del momento.

¿Es posible que un país pobre se desarrolle tecnológicamente sin pasar por las mismas etapas que los países ricos?

En algunos sectores sí ha ocurrido: los pagos móviles en Kenia o la conectividad en Ruanda son ejemplos reales. Pero esos saltos siempre tienen condiciones específicas de regulación, mercado y contexto que no se replican automáticamente. La idea de que la tecnología permite saltarse etapas de desarrollo es parcialmente cierta y parcialmente una narrativa conveniente para no invertir en las condiciones estructurales que esos saltos requieren.

¿Qué puede hacer un país con pocos recursos para no quedarse fuera de la economía digital?

Las estrategias que más resultados han dado combinan inversión en educación técnica básica, creación de marcos regulatorios que atraigan inversión sin ceder soberanía sobre los datos, y desarrollo de servicios digitales públicos propios en lugar de depender enteramente de plataformas extranjeras. No es una solución rápida, pero es más sostenible que esperar a que las grandes tecnológicas lleguen con sus propias condiciones.