La generación alfa, los nacidos desde 2010 y los primeros en crecer con inteligencia artificial como parte del entorno desde el primer día, no tiene un antes con el que comparar. Para ellos, un asistente de voz que entiende preguntas, una aplicación que recomienda qué ver o un juguete que responde no son novedades: son el paisaje normal. La pregunta no es si esta exposición temprana les afecta, sino de qué manera y en qué medida lo estamos midiendo.

Conviene recordar que el término “generación alfa” lo acuñó el investigador australiano Mark McCrindle alrededor de 2008 para describir a quienes nacen entre 2010 y 2025. Los mayores de este grupo tienen hoy unos quince años. Crecieron con el iPad, con Alexa y con algoritmos de recomendación antes de aprender a leer. Los más pequeños han visto a sus padres consultar ChatGPT como quien consulta una enciclopedia.
Que la tecnología moldea la infancia no es una hipótesis nueva. Lo vimos con la televisión, con los videojuegos y con el smartphone. Pero la IA introduce algo que las pantallas anteriores no tenían: responde, adapta y personaliza. No es un medio pasivo. Es un interlocutor.
¿Qué cambia cuando la IA es parte del entorno desde el nacimiento?
La generación alfa IA no aprende a usar la inteligencia artificial como herramienta, la incorpora como contexto. Hay una diferencia de fondo entre alguien que adopta una tecnología y alguien que la encuentra ya ahí cuando abre los ojos. Los millennials aprendieron a buscar en Google; los niños de hoy le preguntan a un modelo de lenguaje y esperan una respuesta conversacional.
Esta diferencia tiene consecuencias cognitivas que los investigadores empiezan a documentar. Un estudio publicado en 2023 por la Universidad de California revisó cómo la delegación temprana de tareas de búsqueda y resolución de problemas a sistemas automatizados puede ralentizar el desarrollo de lo que los psicólogos llaman “tolerancia a la ambigüedad”: la capacidad de estar cómodo sin tener una respuesta inmediata. Los niños que siempre obtienen una respuesta en segundos podrían estar desarrollando un umbral de frustración diferente al de generaciones anteriores.
Al mismo tiempo, otros investigadores señalan efectos positivos. El acceso a información personalizada y adaptada al nivel del niño puede acelerar el aprendizaje en determinadas áreas. Herramientas como Khan Academy Kids o los modos infantiles de asistentes como Google Assistant ofrecen respuestas calibradas a la edad, algo que un adulto ocupado no siempre puede proporcionar con la misma paciencia y consistencia.
El problema es que llevamos muy poco tiempo observando. Los niños nacidos en 2015, cuando la IA conversacional empezaba a hacerse accesible al gran público, tienen ahora diez años. Los estudios longitudinales con esta cohorte apenas están empezando a dar resultados.
¿Cómo afecta la IA al desarrollo emocional de los niños?
El desarrollo emocional de la generación alfa con IA plantea preguntas que la neurociencia infantil todavía no puede responder con certeza. Lo que sí está documentado es que los niños entre 2 y 7 años aprenden a relacionarse emocionalmente a través de la interacción con otros seres humanos: leen microexpresiones, procesan silencios, aprenden a esperar. Un interlocutor que nunca se cansa, nunca se enfada y siempre tiene tiempo puede resultar atractivo, pero no entrena las mismas habilidades.
Sheryl Turkle, investigadora del MIT y autora de Alone Together, lleva años advirtiendo sobre los riesgos de la compañía artificial para la infancia. Su tesis es que los niños que se acostumbran a interlocutores sin fricción pueden tener más dificultades para gestionar las relaciones humanas, que sí tienen fricciones. Esta tesis se basa en observaciones cualitativas y es objeto de debate, pero la pregunta que plantea es legítima.
Un caso concreto: Moxie, el robot social para niños desarrollado por Embodied Inc., fue diseñado específicamente para ayudar a niños con dificultades de socialización. Su objetivo declarado era ser un puente, no un sustituto. Sin embargo, varios psicólogos infantiles señalaron en su momento que la línea entre un puente y una muleta es difícil de controlar cuando el niño tiene seis años y el robot siempre está disponible. Embodied Inc. cerró en 2024 por problemas financieros, pero el debate que abrió sigue vigente.
Algo parecido ocurre con cómo las pantallas cambian el procesamiento emocional: el efecto no es siempre el que predecíamos, y a menudo es más sutil de lo que los titulares sugieren.
¿Qué papel juegan los padres cuando la IA también educa?
La generación alfa IA no crece solo con la IA que elige: crece con la que eligen sus padres. Y ese filtro importa más de lo que parece. Un niño de cuatro años no decide si su altavoz inteligente está encendido en el salón ni qué perfil de YouTube le recomienda el algoritmo. Esas decisiones las toman adultos que, en muchos casos, tampoco tienen claridad sobre qué están eligiendo exactamente.
Los algoritmos de recomendación de plataformas como YouTube o TikTok no fueron diseñados pensando en el bienestar cognitivo de un niño de ocho años. Fueron diseñados para maximizar el tiempo de sesión. El interés del algoritmo y el interés del niño no siempre coinciden, y los padres se encuentran mediando entre ambos sin un manual claro.
Esta tensión tiene mucho que ver con cómo la tecnología ha redefinido lo que significa ser padre o madre en los últimos años. La crianza informada ahora incluye gestionar controles parentales, entender qué hace cada aplicación y decidir cuándo un asistente de voz suma y cuándo resta.
Algunas familias optan por una exposición cero o casi cero a la IA durante los primeros años. Otras la integran activamente como herramienta educativa. Lo documentado hasta ahora sugiere que el contexto y la mediación adulta pesan tanto como la tecnología en sí. No es lo mismo un niño que usa un asistente de voz junto a un adulto que explica lo que ocurre, que uno que lo usa solo durante horas.
Aquí conviene recordar que la brecha digital ya no es solo de acceso sino de comprensión. Los niños que crecen en hogares donde los adultos entienden la tecnología que usan parten con ventaja, no porque tengan más dispositivos, sino porque tienen más contexto.
Lo que saben los colegios y lo que todavía no
Los centros educativos de muchos países están adaptando sus currículos a toda velocidad para incluir competencias digitales relacionadas con la IA. En España, la LOMLOE ya incorpora referencias a la alfabetización digital, aunque los docentes señalan que la formación específica en IA sigue siendo escasa y desigual según la comunidad autónoma y el tipo de centro.
En Finlandia, uno de los sistemas educativos con más seguimiento internacional, se introdujeron en 2022 materiales para enseñar pensamiento crítico sobre IA desde los 10 años. El objetivo no era que los niños programaran modelos, sino que entendieran qué es una recomendación algorítmica, por qué una IA puede equivocarse y qué significa que un sistema “aprenda”. Entender la herramienta antes de depender de ella es el principio que guía ese enfoque.
El riesgo contrario también existe. Algunos colegios, especialmente en Estados Unidos y Reino Unido, han caído en la tentación de integrar herramientas de IA sin un marco pedagógico claro, con el resultado de que los niños las usan para hacer deberes en lugar de aprender. La tecnología educativa prometió mucho y no siempre cumplió, y con la IA el patrón amenaza con repetirse si la adopción va por delante de la reflexión.
Lo que los expertos en pedagogía sí coinciden en señalar es que la generación alfa necesita dos cosas que ninguna IA puede enseñar por sí sola: saber cuándo no usar la herramienta y saber evaluar lo que la herramienta produce. Eso requiere un adulto delante, no una aplicación.
Resulta revelador comparar esto con lo que ya ocurrió con generaciones anteriores. Los nativos digitales que crecieron con internet nos dejaron algunas lecciones sobre qué significa crecer con una tecnología sin comprenderla del todo, y no todas son tranquilizadoras.
¿Tiene sentido preocuparse por la identidad digital de un niño que crece con IA?
Hay una dimensión de este asunto que se suele pasar por alto: la identidad. La generación alfa acumula datos desde antes de nacer, en muchos casos. Las fotos que los padres publican, los registros de los juguetes conectados, el historial de las aplicaciones educativas, las interacciones con asistentes de voz. Todo eso construye un perfil que el niño no ha consentido y que, en muchos casos, no sabe que existe.
Los datos de un niño de ocho años seguirán existiendo cuando tenga cuarenta. Este es un problema de gobernanza y de regulación, pero también es un problema de conciencia. Muchos padres comparten información de sus hijos con plataformas cuyos modelos de negocio dependen precisamente de ese tipo de datos, sin que ninguna advertencia legal en letra pequeña cambie realmente el comportamiento.
El Reglamento General de Protección de Datos europeo y la Children’s Online Privacy Protection Act estadounidense ponen límites, pero la aplicación efectiva sigue siendo irregular. Cuántas versiones de una persona existen en internet es una pregunta que un adulto puede hacerse con cierta distancia; para un niño que crece en ese entorno, la pregunta puede volverse existencial antes de que tenga vocabulario para formularla.
Algunos investigadores, como Stacey Gray del Future of Privacy Forum, han comenzado a hablar de “huella de datos infantil” como un concepto que necesita protección jurídica específica, más allá de las categorías actuales. La idea es que los datos generados durante la infancia merecen un régimen de caducidad o revisión cuando el niño alcanza la mayoría de edad. Es una propuesta todavía en debate, pero que ya tiene eco en algunos documentos de trabajo del Parlamento Europeo.
¿Y si lo que más define a esta generación es que nunca sabrá lo que se pierde?
Hay algo que distingue a la generación alfa de todas las anteriores: no tiene nostalgia tecnológica posible. Los millennials recuerdan internet antes de las redes sociales. La generación Z vivió el antes y el después del smartphone. La generación alfa no tiene un antes con el que contrastar. No saben lo que es buscar información en una enciclopedia, esperar a que cargue una página o resolver un problema sin poder preguntarle a una IA.
Eso puede parecer una ventaja, y en muchos aspectos lo es. Pero la ausencia de contraste también dificulta la evaluación crítica. Cuando algo ha existido siempre, resulta difícil preguntarse si podría ser de otra manera. El diseño invisible que nos rodea actúa precisamente así: cuanto más transparente parece una tecnología, más difícil es cuestionarla.
La pregunta que queda en el aire no es si la IA perjudica o beneficia a esta generación. Probablemente hace ambas cosas, en proporciones que varían según el contexto, la familia, el país y el uso. La pregunta más interesante es si serán capaces de elegir cómo relacionarse con ella cuando sean adultos, o si para entonces la elección ya habrá sido tomada por los entornos que les rodean desde los primeros años.
Preguntas frecuentes
¿Qué es exactamente la generación alfa y por qué se habla tanto de ella en relación con la IA?
La generación alfa agrupa a los nacidos entre 2010 y 2025, aproximadamente. Se habla de ella en relación con la inteligencia artificial porque es la primera cohorte que ha crecido con IA conversacional accesible desde la infancia, no como novedad sino como entorno habitual. Los mayores del grupo tienen hoy unos quince años, así que el impacto real todavía está desarrollándose.
¿Hay estudios que demuestren que crecer con IA perjudica el desarrollo infantil?
No hay estudios concluyentes que demuestren un perjuicio sistemático. Lo que existe son investigaciones preliminares sobre aspectos concretos, como la tolerancia a la frustración o el desarrollo de habilidades sociales, con resultados mixtos. Los estudios longitudinales con niños criados en entornos con IA desde temprana edad llevan muy poco tiempo y aún no ofrecen conclusiones sólidas.
¿Debería preocuparme que mi hijo use asistentes de voz desde pequeño?
La preocupación tiene sentido si el uso es sin supervisión ni contexto. Lo que los expertos señalan es que la mediación adulta marca la diferencia: usar un asistente junto a un niño y explicar qué hace y cómo funciona produce un resultado distinto que dejarlo solo con el dispositivo. La herramienta en sí no determina el impacto; el contexto en que se usa, sí.
¿Los colegios están preparados para enseñar a esta generación a convivir con la IA?
En general, no todavía. Algunos países como Finlandia llevan varios años con programas específicos de pensamiento crítico sobre IA desde primaria. En España y otros países la adaptación curricular avanza, pero los docentes señalan falta de formación específica y grandes diferencias según el centro. La adopción de herramientas de IA en el aula suele ir por delante de la reflexión pedagógica.
¿Qué pasa con los datos que generan los niños al interactuar con aplicaciones y dispositivos con IA?
Esos datos se almacenan, se procesan y en muchos casos se usan para entrenar modelos o personalizar servicios. Existen regulaciones como el RGPD europeo que establecen límites, pero la aplicación efectiva es irregular. Algunos investigadores proponen un régimen específico de caducidad para los datos generados durante la infancia, aunque esa propuesta todavía está en fase de debate regulatorio.
¿Es la generación alfa más lista o más capaz gracias a crecer con IA?
No hay evidencia de que crecer con IA produzca una generación globalmente más capaz. Lo que parece observarse es que desarrollan ciertas habilidades antes, como la búsqueda de información o la interacción con interfaces conversacionales, mientras que otras, como la tolerancia a la ambigüedad o la resolución de problemas sin ayuda externa, pueden verse menos entrenadas. El perfil es distinto, no necesariamente superior.
