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Cómo la tecnología cambió lo que significa ser padre o madre

La tecnología ha cambiado lo que significa ser padre o madre de formas que ningún manual de crianza anticipó. Tecnología, paternidad y crianza son hoy tres palabras que ya no se pueden separar: desde el primer ecógrafo en pantalla hasta el primer móvil que le compras a tu hijo, cada etapa de la vida familiar lleva ahora una capa digital encima que no existía hace veinte años.

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Criar en 2025 significa tomar decisiones que ninguna generación anterior tuvo que tomar. ¿Cuándo le doy una tablet? ¿Subo esta foto a Instagram? ¿Cómo controlo lo que ve sin convertirme en un vigilante? Preguntas que no tienen respuesta fácil, pero que tampoco se pueden ignorar.

¿Qué ha cambiado de verdad en la crianza con la llegada de internet?

La información cambió antes que cualquier otra cosa. Antes de internet, criar era un asunto que se resolvía con lo que sabían los abuelos, el pediatra de cabecera y, con suerte, algún libro de bolsillo. Ahora cualquier padre puede leer un estudio de la Universidad de Michigan a las tres de la mañana mientras el bebé no duerme. El acceso al conocimiento es real y, en muchos casos, ha mejorado la crianza. Las tasas de mortalidad infantil han bajado, se vacuna más y mejor, y los padres llegan a las consultas médicas con preguntas más concretas.

Pero ese mismo acceso trajo también la sobreinformación como nueva fuente de ansiedad parental. Hay estudios que contradicen a otros estudios. Hay influencers de maternidad que mezclan ciencia con pseudociencia sin advertencia ninguna. Y está el efecto de las redes sociales, donde la paternidad perfecta se exhibe como si fuera un producto, con filtros y buena luz, dejando a los padres normales con la sensación de que no llegan.

Las comunidades online también transformaron algo más sutil: la soledad del cuidador. Criar ha sido históricamente un trabajo colectivo, de barrio, de familia extensa. Cuando esa red se rompió, por movilidad geográfica o por la atomización de las ciudades, los foros y grupos de WhatsApp ocuparon parte de ese espacio. No es lo mismo, pero tampoco es nada. Para muchas madres en baja por maternidad, un grupo de Telegram a las cuatro de la mañana fue el único sitio donde alguien entendía exactamente lo que estaban viviendo. Algo que encaja bien con lo que la tecnología y la soledad llevan años sin resolver del todo.

¿Cómo afecta la tecnología a los hijos antes incluso de que sepan leer?

Los niños de hoy tienen presencia digital antes de nacer. Muchos padres comparten la primera ecografía en redes sociales, y a partir de ahí empieza un rastro de imágenes, vídeos y datos que el propio niño nunca eligió. La huella digital de un menor empieza sin su consentimiento, y eso plantea una pregunta que la legislación europea todavía no ha sabido responder del todo: ¿a quién pertenece esa identidad construida por otros?

Este fenómeno, conocido como sharenting (la combinación de share y parenting), se ha estudiado con más detalle en los últimos años. Un informe de la empresa de ciberseguridad Barclays publicado en 2018 estimaba que para 2030 el sharenting de los padres sería responsable de dos tercios de los casos de robo de identidad sufridos por menores. La cifra es una proyección, no un hecho consumado, pero el mecanismo que describe sí está documentado. La privacidad de los niños en internet depende, en buena parte, de decisiones que toman sus padres sin que ellos puedan opinar.

Antes de los dos años, la Academia Americana de Pediatría desaconseja el uso de pantallas (salvo videollamadas). Entre los dos y los cinco, recomienda no más de una hora diaria de contenido de calidad acompañado por un adulto. La realidad en la mayoría de los hogares es bastante diferente. La tablet como herramienta de pausa para los padres es una práctica extendida y comprensible, pero sus efectos sobre la atención y el lenguaje en edades tempranas siguen siendo objeto de investigación activa.

¿Qué le pasa a un niño que crece con el móvil de sus padres siempre presente?

Antes de hablar de la pantalla del hijo, hay que hablar de la del padre. Varios estudios de la última década señalan que los niños notan cuando sus padres miran el móvil más de lo que los padres creen. Una investigación publicada en 2014 en Child Development observó que los bebés muestran más comportamientos negativos cuando sus madres están absortas en el teléfono que cuando leen un libro. No es un juicio moral: es una respuesta evolutiva a la interrupción del contacto visual y emocional.

A medida que los niños crecen, el modelo que ven en casa influye directamente en su propia relación con las pantallas. Si el padre consulta el móvil en la cena, le cuesta mucho más convencer al hijo de que deje la consola. La autoridad digital en el hogar no funciona por decreto: funciona por coherencia, y esa coherencia es difícil cuando los adultos también tienen sus propios problemas con la dependencia del móvil.

Los adolescentes son el caso más estudiado y el más preocupante. La psicóloga Jean Twenge lleva años analizando los datos del Youth Risk Behavior Survey en Estados Unidos y señala que a partir de 2012, coincidiendo con la expansión de los smartphones entre menores, los indicadores de bienestar mental de los adolescentes empeoraron de forma sostenida. Más ansiedad, más depresión, menos horas de sueño y menos socialización presencial. El debate académico sobre la causalidad sigue abierto: si es la tecnología lo que provoca esos cambios o si los jóvenes con más problemas simplemente usan más las redes. Pero la correlación existe y no es pequeña.

¿Cuándo se convierte el control parental en vigilancia?

El mercado de aplicaciones de control parental creció un 47% entre 2019 y 2022, según datos de la firma de análisis Sensor Tower. Aplicaciones como Family Link de Google, Screen Time de Apple o Bark permiten a los padres establecer límites de tiempo, filtrar contenidos y, en algunos casos, leer los mensajes de sus hijos. La tecnología ofrece la posibilidad de saber exactamente dónde está tu hijo de doce años y qué está mirando. La pregunta es si eso siempre es bueno.

Los expertos en desarrollo adolescente llevan años señalando que la privacidad es una necesidad del desarrollo, no un capricho. Un adolescente necesita un espacio propio para construir su identidad, cometer errores y aprender a gestionarlos. La vigilancia total puede crear hijos que aprenden a esconderse mejor en vez de aprender a tomar mejores decisiones. No hay una respuesta única: depende de la edad del niño, del tipo de plataforma y de la relación de confianza que exista en casa. Pero la tentación de usar el control parental como sustituto de la conversación es real.

Lo que sí está claro es que los niños de hoy tendrán una relación con la tecnología que sus padres no pueden anticipar del todo, porque están creciendo con herramientas que los propios adultos todavía no dominan. Pretender que el control resuelve eso es una simplificación.

Hay también un ángulo económico que pocas veces se menciona. Algunos menores no solo consumen contenido: lo producen. Los canales de YouTube de niños manejados por sus padres, los perfiles de TikTok de familias con millones de seguidores, los «kidfluencers» que protagonizan campañas publicitarias antes de tener edad para firmar un contrato. La línea entre documentar la infancia y explotarla es más fina de lo que parece, y legislaciones como la aprobada en Francia en 2020 o en Illinois han empezado a exigir que parte de esos ingresos queden en cuentas bloqueadas a nombre del menor. El trabajo infantil en internet existe, aunque la mayoría de los padres implicados no lo llamarían así.

Ser padre o madre siempre implicó tomar decisiones en condiciones de incertidumbre. Lo nuevo es que ahora parte de esa incertidumbre la generan sistemas diseñados por ingenieros cuyo objetivo no es el bienestar de tu hijo sino el tiempo que pasa en la plataforma. Los algoritmos de recomendación no distinguen entre un adulto y un niño de ocho años, a menos que el sistema de control parental esté activado y correctamente configurado. YouTube Kids existe, pero miles de niños usan YouTube normal. Instagram tiene restricciones para menores de trece años, pero no hay ningún mecanismo real para verificar la edad. La responsabilidad que la plataforma no asume la absorbe la familia. Y las familias ya tienen bastante.

Todo esto ocurre además en un contexto donde la brecha digital ya no es de acceso sino de conocimiento: no todos los padres tienen las mismas herramientas para entender los riesgos, para configurar los filtros o para hablar con sus hijos sobre lo que ven en pantalla. Las familias con menos recursos, menos tiempo o menos formación digital quedan en una posición más vulnerable. La alfabetización digital de los padres importa tanto como la de los hijos, y eso rara vez aparece en los planes educativos.

Hay un último giro que vale la pena nombrar: la tecnología también ha cambiado cómo los padres se juzgan entre sí. Las redes sociales crearon un escaparate de crianza que antes no existía, y ese escaparate tiene efectos concretos. La adicción a la validación externa, la necesidad de likes como termómetro de aprobación, no afecta solo a los adolescentes. Muchos padres construyen su identidad parental en Instagram tanto como en el día a día con sus hijos. Y eso tiene consecuencias en cómo priorizan, qué deciden hacer y qué versión de su familia sienten que tienen que mantener.

¿Llegará un momento en que los hijos les pidan cuentas a sus padres por su infancia digital?

Ya está pasando. Algunos jóvenes adultos que crecieron como protagonistas de blogs familiares o canales de YouTube han empezado a hablar públicamente de cómo les afectó crecer con cámara. La youtuber estadounidense Cam Barrett, hija de una familia que documentó su crianza durante años, habló en 2023 de la incomodidad de no tener control sobre su propia imagen durante la infancia. No es un caso aislado: es la primera generación que puede mirar atrás y evaluar lo que sus padres hicieron con su identidad digital antes de que ellos pudieran opinar.

La pregunta que queda abierta no es si la tecnología ha sido buena o mala para la crianza. Es más concreta y más incómoda: ¿están los padres tomando decisiones informadas, o están improvisando en tiempo real con herramientas que tampoco entienden del todo? Y dentro de veinte años, cuando esos niños sean adultos, ¿qué pensarán de lo que sus padres decidieron por ellos?

Preguntas frecuentes

¿A qué edad es recomendable darle un móvil a un hijo?

No existe una edad universalmente establecida, pero la mayoría de las asociaciones pediátricas sitúan los doce o trece años como referencia mínima para un smartphone con acceso a redes sociales. La edad por sí sola no basta: importa más si el niño ha desarrollado suficiente autonomía emocional para gestionar lo que va a encontrar, y si existe un acuerdo familiar claro sobre el uso.

¿El sharenting es ilegal?

En la mayoría de los países no lo es, pero algunos marcos legales empiezan a regularlo. Francia aprobó en 2024 una ley que permite a los menores exigir la retirada de imágenes que sus padres publicaron sin su consentimiento. En España, la Ley Orgánica de Protección de Datos reconoce el derecho a la privacidad de los menores, aunque la aplicación práctica sigue siendo limitada.

¿Las aplicaciones de control parental realmente funcionan?

Funcionan para lo que están diseñadas: filtrar contenidos, limitar tiempo de pantalla y, en algunos casos, monitorizar conversaciones. Lo que no resuelven es la capacidad del niño para tomar buenas decisiones cuando el filtro no está. Los expertos en desarrollo adolescente señalan que la conversación y la confianza son más efectivas a largo plazo que cualquier aplicación, aunque ambas cosas pueden coexistir.

¿Es cierto que las redes sociales provocan depresión en adolescentes?

La relación existe, pero el debate científico sobre la causalidad sigue abierto. Lo documentado es que hay una correlación entre el uso intensivo de redes sociales y peores indicadores de salud mental en adolescentes, especialmente en chicas. Si las redes causan esos problemas o si los jóvenes con más dificultades usan más las plataformas es algo que la investigación todavía no ha cerrado de forma definitiva.

¿Cómo afecta el móvil de los padres al desarrollo de los bebés?

Varios estudios señalan que la interrupción del contacto visual y emocional que produce el uso del móvil afecta negativamente a los bebés, que muestran más señales de estrés cuando el cuidador está absorto en la pantalla. El efecto no es permanente en exposiciones cortas, pero la acumulación de esas interrupciones sí puede interferir en el vínculo y en el desarrollo del lenguaje en los primeros años.