Los niños que hoy tienen cinco años llegarán a los treinta en un mundo donde la inteligencia artificial habrá estado presente durante toda su vida consciente. La relación entre niños, tecnología y futuro ya no es una pregunta de ciencia ficción: es lo que está ocurriendo ahora mismo en millones de hogares, colegios y consultas pediátricas. Y lo que más descoloca a investigadores y padres por igual es que nadie tiene un mapa de adónde lleva esto.

Crecer con tecnología siempre fue algo relativo. Los adolescentes de los años ochenta crecieron con televisión por cable; los de los noventa, con internet de acceso telefónico. Pero cada una de esas generaciones llegó a la tecnología siendo ya niños formados, con una identidad previa. Lo que está pasando ahora es distinto: hay criaturas que aprenden a hablar mientras ven vídeos en YouTube, que interactúan con altavoces inteligentes antes de saber escribir, y que crecen siendo fotografiadas y documentadas en internet desde el primer día de vida. La tecnología no es algo que encuentran: es el agua en la que nadan.
Eso cambia muchas cosas. Y algunas todavía no sabemos cuáles.
¿Qué tiene de diferente esta generación respecto a todas las anteriores?
La generación que crece hoy es la primera en la historia que no tiene un «antes» digital que recordar. Para un adulto de cuarenta años, internet llegó cuando ya tenía formados hábitos, amigos físicos y una forma de pasar el tiempo sin pantallas. Para un niño de 2020, la pantalla táctil es tan natural como el tenedor. No hubo adaptación porque no hubo punto de partida diferente.
Los investigadores del ámbito del desarrollo infantil llevan años intentando entender qué significa esto a largo plazo. El problema es que los estudios longitudinales, los que siguen a personas durante décadas, tardan décadas en dar resultados. Ahora mismo estamos tomando decisiones sobre la infancia digital sin tener esos datos. Lo que sí empieza a verse son tendencias: dificultades de atención sostenida en entornos no estimulantes, mayor ansiedad social en contextos sin mediación tecnológica, y una relación con la lectura profunda que preocupa a los especialistas en educación. Sobre esto último, hay evidencia creciente de que aprender a leer con pantalla afecta a cómo se retiene lo que se lee, aunque el debate sobre causas y consecuencias sigue abierto.
Pero también hay algo que los adultos tendemos a pasar por alto: esta generación tiene capacidades que generaciones anteriores tardaron décadas en desarrollar. Moverse entre fuentes de información, filtrar contenido, comunicarse en formatos múltiples de forma simultánea. No son habilidades menores. Son las habilidades del siglo en el que van a vivir.
¿Qué impacto real tiene la tecnología en el cerebro de los niños?
El cerebro infantil es, durante los primeros años de vida, extraordinariamente plástico. Eso significa que se adapta con una velocidad y una profundidad que el cerebro adulto ya no puede igualar. La plasticidad neuronal es una ventaja y un riesgo al mismo tiempo: el niño puede aprender casi cualquier cosa con asombrosa facilidad, pero también puede asumir como normal cualquier entorno, incluso uno que no sea bueno para él.
Lo que la neurociencia ha documentado hasta ahora es que la exposición intensa y temprana a pantallas con contenido de ritmo rápido, como ciertos vídeos de YouTube Kids o TikTok, activa los circuitos de recompensa del cerebro de forma repetida e intensa. Eso no es trivial. La validación digital activa los mismos mecanismos que otras formas de recompensa, y en cerebros en formación ese estímulo constante puede elevar el umbral de lo que el niño necesita para sentirse motivado. Un libro, una conversación, un juego sin reglas: todo eso resulta menos estimulante en comparación.
Hay algo más que los pediatras mencionan cada vez con más frecuencia: la ausencia de aburrimiento como experiencia formativa. Durante generaciones, el aburrimiento fue el motor que empujaba a los niños a inventar, imaginar y crear. Un niño al que nunca se le deja sin estímulo no desarrolla esa capacidad de la misma manera. Si el móvil de un padre o una tablet siempre están a mano cuando el niño se inquieta, se priva al cerebro de ese proceso.
Dicho esto, no toda la tecnología funciona igual. Hay diferencias enormes entre un niño que pasa tres horas viendo vídeos pasivamente y otro que ese mismo tiempo lo dedica a programar en Scratch, a hacer videollamadas con los abuelos o a crear una historia con una aplicación de narración. El contenido y la forma de uso importan tanto como el tiempo de exposición.
¿Puede la escuela seguir el ritmo de lo que la tecnología ya le está enseñando?
La escuela, en la mayoría de los países, lleva décadas llegando tarde. Los currículos se diseñan con ciclos de revisión lentos, los docentes se forman con herramientas que quedan obsoletas antes de que terminen la carrera, y los centros escolares conviven con una paradoja incómoda: los alumnos que llegan al aula saben manejar tecnología que el sistema educativo ni siquiera ha empezado a integrar.
España aprobó en 2022 la LOMLOE, que incluye la competencia digital como una de las ocho competencias clave. El problema es que incluirla en el papel y hacerla real en las aulas son dos cosas muy distintas. En muchos colegios públicos españoles, la brecha entre lo que dice la ley y lo que ocurre en el aula sigue siendo considerable. Mientras tanto, los niños con acceso a recursos en casa, ya sea a través de sus padres o de la economía familiar, reciben una educación tecnológica informal que no aparece en ningún expediente pero que marcará sus oportunidades. La brecha digital en la infancia es también una brecha de clase.
Hay modelos que intentan ir en otra dirección. Finlandia ha integrado el pensamiento computacional desde primaria sin abandonar el juego libre. Algunas escuelas del norte de Europa experimentan con semanas sin pantallas para entrenar la atención. En Silicon Valley, paradójicamente, varios de los ejecutivos de las grandes tecnológicas llevan a sus hijos a escuelas Waldorf donde los ordenadores están prohibidos hasta secundaria. Eso dice algo, aunque no está del todo claro qué.
¿Por qué los niños de hoy desarrollarán una relación con la tecnología que no hemos visto antes?
Los niños que crecen ahora no van a «usar» la tecnología de la misma forma que sus padres. Para muchos adultos actuales, la tecnología es una herramienta externa que se coge y se suelta. Para la generación que crece hoy, la tecnología será parte del entorno cognitivo, social y emocional desde antes de que puedan articular ninguna reflexión sobre ello.
Hay algo que conviene nombrar con claridad: los algoritmos ya están tomando decisiones sobre qué ven los niños, qué les gusta, qué les asusta, qué les entretiene. YouTube, TikTok, los juegos freemium con recomendaciones personalizadas: todos operan con sistemas de optimización del tiempo de atención que no fueron diseñados pensando en el bienestar infantil. Fueron diseñados para maximizar el tiempo en pantalla. Ese es el objetivo de negocio y, conviene ser honesto, no es el mismo que el objetivo de los padres. Sobre cómo el algoritmo de YouTube ha moldeado la opinión de millones de personas ya hay bastante documentado.
La inteligencia artificial añade una capa nueva a todo esto. Los niños de hoy serán los primeros en crecer con asistentes de IA que contestan preguntas, ayudan con los deberes, recomiendan qué leer y qué ver, y mantienen conversaciones. GPT-4 ya se usa en algunas aulas. Las versiones que existirán cuando estos niños tengan quince años son imposibles de predecir con precisión. Lo que sí parece razonable anticipar es que la frontera entre pensar por uno mismo y delegar el pensamiento en una máquina va a ser uno de los grandes desafíos de esa generación.
No hay que ser alarmista para reconocer que eso es un territorio sin mapa. Y que los adultos que deben acompañar a esos niños, padres, docentes, legisladores, están tomando decisiones con información incompleta, en tiempo real, mientras el entorno cambia más rápido de lo que ningún sistema institucional puede procesar.
Lo que sí está en nuestra mano es prestar atención a lo que ya sabemos. Que el uso del móvil por parte de los adultos también afecta a los niños que los observan. Que los hábitos digitales se transmiten por imitación igual que cualquier otro hábito. Que los datos que los niños generan hoy son ya objeto de disputa comercial entre empresas que no tienen ninguna obligación de velar por su bienestar. Y que poner límites no equivale a rechazar la tecnología: equivale a ejercer criterio en un entorno diseñado para que nadie lo ejerza.
Hay algo que los estudios sobre el scroll infinito y el tiempo libre han dejado claro: cuando no hay fricción, no hay elección real. Y eso aplica tanto a adultos como a niños de seis años con una tablet.
¿Qué les vamos a dejar a estos niños cuando lleguen a preguntárnoslo?
Dentro de veinte años, la generación que hoy tiene diez sabrá perfectamente qué ocurrió en esta época. Tendrá acceso a los estudios, a los debates, a las decisiones que se tomaron y a las que se evitaron. Sabrá si los adultos de principios de los años veinte actuaron con la información que tenían o si miraron hacia otro lado porque era más cómodo. Y esa es la pregunta que este momento histórico deja abierta: no si la tecnología va a cambiar a los niños, porque eso ya está ocurriendo, sino si los adultos de hoy van a estar a la altura de lo que eso exige.
Preguntas frecuentes
¿A qué edad es adecuado que un niño empiece a usar tecnología?
La Academia Americana de Pediatría recomienda evitar pantallas (salvo videollamadas) antes de los 18 meses, y limitar el uso a una hora diaria con contenido de calidad entre los 2 y los 5 años. A partir de ahí, el tipo de uso importa tanto como el tiempo: no es lo mismo crear que consumir pasivamente. No existe una edad universal perfecta, pero sí hay consenso en que más temprano no significa mejor.
¿Es cierto que los niños que crecen con tecnología tienen más dificultades para concentrarse?
Hay evidencia de que la exposición intensa a contenidos de ritmo rápido está asociada a mayores dificultades de atención sostenida, pero la relación causal no está completamente establecida. Algunos niños con problemas de atención también buscan más estimulación en pantallas, lo que complica determinar qué va primero. Los estudios longitudinales que podrían aclarar esto todavía están en curso.
¿Cómo afecta ver a los padres con el móvil al desarrollo de los niños?
Los niños aprenden por imitación antes que por instrucción. Varios estudios señalan que los niños cuyos padres usan el móvil con frecuencia durante el tiempo compartido muestran más conductas de búsqueda de atención y mayor tolerancia a la interrupción constante como algo normal. No es un efecto dramático ni inevitable, pero el comportamiento digital de los adultos en casa sí actúa como modelo.
¿Qué es la brecha digital en la infancia y por qué importa?
La brecha digital infantil es la diferencia en acceso, calidad de uso y acompañamiento tecnológico entre niños de distintos niveles socioeconómicos. Un niño con padres formados digitalmente y recursos en casa recibe una educación tecnológica informal que no aparece en ningún currículo, pero que abre puertas. Esa ventaja acumulada desde la infancia tiene consecuencias que se notan en el mercado laboral años después.
¿Deberían los colegios prohibir los móviles?
Varios países europeos han tomado medidas en esa dirección. Francia prohibió los móviles en las aulas desde 2018. Los resultados publicados muestran mejoras en la atención y en las interacciones sociales entre los alumnos, aunque los estudios tienen limitaciones metodológicas. La prohibición total es una medida blunt, como dicen los anglosajones, pero la evidencia disponible sugiere que la presencia del móvil en el aula tiene costes reales para el aprendizaje.
¿Puede la inteligencia artificial ser beneficiosa para la educación infantil?
Puede serlo en contextos concretos: personalización del aprendizaje, apoyo a niños con dificultades de lectura o matemáticas, acceso a recursos en zonas con pocos docentes. El riesgo documentado es la delegación del pensamiento: si la IA responde antes de que el niño haya tenido tiempo de intentarlo, el proceso de aprendizaje se cortocircuita. El beneficio depende casi por completo de cómo se integre, no de la tecnología en sí.
