Hay miles de millones de euros invertidos en satélites, centros de datos y redes 5G, pero el 95% del tráfico de internet viaja por el fondo del mar, a través de cables de fibra óptica del grosor de una manguera de jardín. Eso es la infraestructura física de internet: silenciosa, invisible y absolutamente crítica. Sin ella, no hay nube, no hay redes sociales, no hay transferencias bancarias internacionales.

La imagen mental que mucha gente tiene de internet es la de algo etéreo, flotante, casi mágico. La realidad es bastante más prosaica: son tubos bajo el océano, torres de acero en desiertos, y edificios sin ventanas en las afueras de las ciudades. Todo eso forma la columna vertebral de la red global, y entender cómo funciona ayuda a entender también por qué es tan vulnerable.
¿Qué son exactamente los cables submarinos y quién los controla?
Los cables submarinos son haces de fibra óptica recubiertos de capas de material protector, tendidos en el lecho marino para conectar continentes. El primero de ellos, el TAT-1, se instaló en 1956 entre Escocia y Terranova para transmitir llamadas telefónicas. Hoy existen más de 400 sistemas de cable activos o en construcción, con una longitud total que supera el 1,3 millones de kilómetros, según los datos de TeleGeography, la firma especializada que lleva décadas cartografiando esta red.
Durante décadas, estos cables fueron propiedad de consorcios de operadoras de telecomunicaciones. Ese modelo ha cambiado radicalmente. Google, Meta, Amazon y Microsoft controlan o coproducen hoy la mayoría del ancho de banda submarino mundial. Google tiene participación en más de 30 sistemas de cable, incluyendo Dunant, que cruza el Atlántico, y Curie, que baja por la costa del Pacífico latinoamericano. Meta construyó el cable 2Africa, que rodea todo el continente africano con más de 45.000 kilómetros de longitud.
Este desplazamiento del poder de las telecomunicaciones tradicionales hacia las grandes tecnológicas tiene consecuencias que van más allá de la ingeniería. Significa que las rutas por las que viajan los datos globales están siendo definidas, cada vez más, por empresas privadas con intereses comerciales propios, sin ningún tipo de supervisión pública directa. Algo que encaja perfectamente con lo que ya ocurre con la geopolítica del espacio y las comunicaciones orbitales, donde las decisiones estratégicas las toman empresas, no estados.
¿Cómo se tienden y se reparan los cables en el fondo del mar?
Tender un cable submarino requiere barcos especializados, llamados cable layers, que depositan el cable a velocidades de unos 10 kilómetros por hora mientras avanzan. En aguas poco profundas, el cable se entierra bajo el sedimento marino mediante una especie de arado remolcado, para protegerlo de anclas y redes de pesca. En aguas profundas, simplemente se deja caer sobre el lecho.
Cuando un cable se rompe, lo que ocurre con más frecuencia de la que se suele admitir públicamente, la reparación es un proceso lento y costoso. Un barco de reparación tarda entre dos y cuatro semanas en llegar al punto de rotura, localizarlo con precisión mediante sonar, izar el cable hasta la superficie, empalmar la sección dañada y volver a depositarlo. Las roturas más comunes las causan los terremotos submarinos, los deslizamientos de sedimento y, sorprendentemente, los mordiscos de tiburones, aunque este último caso es más anecdótico que estadístico.
Un ejemplo real de las consecuencias: en enero de 2022, cuando el volcán Hunga Tonga erupcionó en el Pacífico sur, el cable submarino que conectaba Tonga con el resto del mundo quedó destruido. El país entró en un aislamiento digital casi total durante más de cinco semanas, hasta que un barco de reparación pudo intervenir. La dependencia de un único cable de conexión convirtió a un desastre natural en una crisis de comunicaciones.
Esta fragilidad tiene una dimensión estratégica que los gobiernos llevan años analizando. En 2023, el Senado estadounidense debatió varias propuestas para reforzar la resiliencia de los cables submarinos transatlánticos, preocupado especialmente por la concentración de rutas en zonas geográficas con poca redundancia. El Atlántico norte, por ejemplo, concentra un tráfico enorme en pocos corredores.
¿Qué hay en tierra? Los centros de datos como núcleo de la infraestructura
Los cables submarinos terminan en estaciones de aterrizaje, instalaciones costeras que conectan el fondo del mar con la red terrestre. Desde ahí, el tráfico viaja por fibra óptica terrestre hasta llegar a los centros de datos, los edificios que almacenan y procesan la información que circula por internet.
Un centro de datos grande consume entre 20 y 100 megavatios de electricidad de forma continua, lo equivalente al consumo eléctrico de varias decenas de miles de hogares. Microsoft, Google, Amazon Web Services y Meta operan decenas de estos edificios en todo el mundo, con especial concentración en el norte de Virginia (Estados Unidos), Irlanda, los Países Bajos y Singapur. No es casualidad: estos lugares combinan conexiones de fibra densas, electricidad relativamente barata y marcos legales favorables para las empresas tecnológicas.
El consumo energético de esta infraestructura internet cables físicos incluidos es uno de los temas más incómodos del sector. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estimó en 2023 que los centros de datos globales consumieron entre 240 y 340 teravatios-hora de electricidad ese año, alrededor del 1,5% del consumo eléctrico mundial. Con el auge de la inteligencia artificial y el aumento del tráfico de vídeo, esa cifra seguirá creciendo durante los próximos años sin que nadie haya encontrado todavía una solución limpia y escalable.
¿Es tan fácil sabotear internet como parece en las películas?
Más de lo que sería deseable, sí. Los cables submarinos son infraestructuras físicas en lugares remotos, difíciles de vigilar y relativamente fáciles de dañar si alguien tiene los medios para llegar hasta ellos. En octubre de 2023, dos cables en el mar Báltico fueron cortados en circunstancias que varios gobiernos europeos calificaron de sabotaje deliberado. Uno conectaba Finlandia y Alemania; el otro, Suecia y Lituania. La investigación señaló a un barco de bandera china, aunque nunca se estableció responsabilidad formal.
No fue un caso aislado. En 2022, cables en el mar del Norte sufrieron daños similares, y en el Mar Rojo, los ataques hutíes contra infraestructura naval dañaron varios sistemas de cable en 2024, afectando al tráfico entre Europa y Asia. Estos incidentes han colocado los cables submarinos en el centro de los debates sobre seguridad nacional en la OTAN, la Unión Europea y varios gobiernos del Indo-Pacífico.
El problema estructural es que no existe ningún tratado internacional que proteja específicamente los cables submarinos. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar prohíbe dañarlos, pero los mecanismos de cumplimiento son débiles y los incidentes en aguas internacionales son difíciles de atribuir. Algo parecido ocurre con los ataques digitales a infraestructura crítica, donde la atribución siempre es complicada y las consecuencias legales, escasas.
La redundancia es la principal defensa. Si un cable se corta, el tráfico se redistribuye automáticamente por rutas alternativas. Pero esa redundancia no está distribuida de forma uniforme: algunas regiones del mundo dependen de muy pocos cables y son extremadamente vulnerables a cualquier interrupción. África subsahariana y el Pacífico sur son los ejemplos más claros.
¿Quién paga todo esto y con qué criterios se decide dónde llega la fibra?
La inversión en cables submarinos la financian principalmente las grandes tecnológicas y las operadoras de telecomunicaciones con presencia internacional. Un cable transatlántico de alta capacidad puede costar entre 300 y 600 millones de dólares. El retorno de esa inversión viene del tráfico que genera su propio negocio: una red de YouTube o de servicios en la nube que funcione rápido en Europa, Asia y América necesita cables propios para no depender de terceros ni pagar márgenes a los operadores tradicionales.
Esa lógica de mercado tiene una consecuencia directa: los cables siguen el dinero, no las necesidades. Las rutas más rentables, las que conectan grandes centros urbanos con poder adquisitivo alto y mucho consumo digital, concentran la inversión. Las zonas con menor tráfico potencial, aunque tengan muchos habitantes, reciben mucha menos atención. En este sentido, la infraestructura internet y los cables físicos reproducen y en ocasiones amplifican las desigualdades geográficas existentes.
Hay excepciones. El Banco Mundial y algunos gobiernos financian cables en regiones con poca viabilidad comercial para cerrar brechas de conectividad. El cable PEACE, que conecta Pakistán con varios países africanos y europeos, es uno de los proyectos recientes con financiación mixta. Pero estas iniciativas son minoritarias frente al volumen de inversión privada que define el mapa real de la conectividad global. Esto conecta directamente con el debate sobre los dispositivos conectados que dependen de esta infraestructura para funcionar en tiempo real.
La brecha digital global no es solo un problema de dispositivos o de alfabetización tecnológica. Es también, y quizás sobre todo, un problema de fibra bajo el océano.
Otras piezas de la infraestructura que raramente se mencionan
Los cables submarinos son la parte más espectacular de la historia, pero la infraestructura física de internet incluye más elementos. Los puntos de intercambio de internet (IXP, por sus siglas en inglés) son instalaciones donde distintas redes se interconectan directamente, sin tener que pasar por terceros. El DE-CIX de Fráncfort es el IXP más grande del mundo y gestiona picos de tráfico superiores a los 12 terabits por segundo. Sin él, buena parte del tráfico europeo tendría que hacer rodeos enormes.
Los servidores raíz del DNS (sistema de nombres de dominio) son otra pieza crítica y también poco conocida. Son los que traducen las direcciones que escribes en el navegador, como «eltecnoilogico.com», en direcciones IP numéricas que entienden los ordenadores. Solo existen 13 servidores raíz lógicos en el mundo, aunque cada uno está replicado en cientos de ubicaciones físicas gracias a la tecnología anycast. Si todos fallaran simultáneamente, internet se volvería básicamente inutilizable en pocos minutos.
Las redes de distribución de contenido (CDN), como las que operan Cloudflare o Akamai, completan el cuadro. Estas empresas distribuyen copias de los contenidos más demandados en servidores situados cerca de los usuarios finales, para reducir la latencia y evitar que el tráfico tenga que recorrer medio planeta para servir un vídeo. Cloudflare gestiona hoy alrededor del 20% del tráfico web global. Una concentración de ese calibre debería generar más debate del que genera.
Todo esto forma un sistema interconectado donde cada capa depende de las demás. Los materiales con los que se fabrican los cables y los servidores también son parte de la ecuación, especialmente cuando hablamos de longevidad y mantenimiento de infraestructura en entornos hostiles.
¿Qué ocurre cuando esta infraestructura pasa a ser un arma geopolítica?
La infraestructura física de internet ya está siendo usada como instrumento de política exterior. Estados Unidos lleva años presionando para excluir a empresas chinas como Huawei de los proyectos de cable submarino que tocan territorio estadounidense o sus aliados, argumentando riesgos de espionaje. El gobierno chino, por su parte, impulsa sus propias rutas de cable a través de empresas como HMN Technologies (antes Huawei Marine), buscando reducir la dependencia de infraestructura controlada por Occidente.
Esta bifurcación de la infraestructura global sigue una lógica parecida a la que ya se observa en los semiconductores, en los sistemas de pago o en los estándares de telecomunicaciones. El riesgo real es que internet acabe fragmentándose físicamente en zonas de influencia, con rutas separadas, protocolos diferentes y capacidades de interoperabilidad cada vez más reducidas. No es ciencia ficción: Rusia lleva años desarrollando su red interna, Runet, diseñada para funcionar de forma autónoma si se cortan las conexiones externas.
China tiene su propio firewall, naturalmente. Pero lo que está ocurriendo ahora va más allá de la censura interna: se están construyendo infraestructuras paralelas desde el fondo del mar, con inversiones de miles de millones de dólares, que reflejan una desconfianza mutua cada vez más profunda entre bloques geopolíticos. El resultado a largo plazo podría ser una internet que conecta menos de lo que promete, no por falta de tecnología, sino por decisiones políticas y comerciales sobre quién controla los cables. Algo que vale la pena poner en perspectiva junto con la nueva carrera por el dominio del espacio y las comunicaciones globales.
¿Seguirá siendo un cable de fibra óptica la base de internet dentro de veinte años?
Probablemente sí, aunque con matices. Los satélites de órbita baja como los de Starlink están reduciendo la dependencia de cables en zonas remotas, pero la fibra óptica sigue siendo imbatible en capacidad y latencia para el tráfico masivo entre grandes nodos. La física no da mucho margen: la luz viaja más rápido por el vacío que por el cristal de la fibra, lo que teóricamente da ventaja a los satélites en distancias largas, pero la diferencia práctica en condiciones reales sigue favoreciendo a los cables en casi todos los escenarios de uso intensivo.
La computación cuántica podría cambiar la forma en que se cifran y se transmiten los datos, pero no elimina la necesidad de un medio físico para transportarlos. Los cables de nueva generación que se están tendiendo hoy incorporan fibras con mayor capacidad y amplificadores más eficientes, pero siguen siendo, en esencia, el mismo concepto que el TAT-1 de 1956: un hilo de vidrio bajo el agua. Lo que ha cambiado es quién lo posee, quién lo vigila y con qué intereses.
La pregunta que queda sin responder es si la humanidad debería aceptar que una infraestructura tan crítica para la vida cotidiana, para la economía global y para la seguridad nacional de docenas de países esté en manos de un puñado de empresas privadas sin ningún mecanismo real de rendición de cuentas. Nadie ha votado sobre el recorrido del cable que conecta tu país con el resto del mundo. Y eso, en sí mismo, es una elección política que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que se tomó. El debate sobre quién controla las infraestructuras que usamos cada día debería ser mucho más amplio de lo que es.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos cables submarinos hay actualmente en el mundo?
Según TeleGeography, hay más de 400 sistemas de cable submarino activos o en construcción a nivel global, con una longitud total superior a 1,3 millones de kilómetros. Esta cifra aumenta cada año a medida que las grandes tecnológicas y las operadoras invierten en nuevas rutas para satisfacer el crecimiento del tráfico de datos.
¿Qué pasa con internet si se corta un cable submarino?
En la mayoría de los casos, el tráfico se redistribuye automáticamente por rutas alternativas y los usuarios apenas lo notan, quizás con algo más de lentitud. El problema surge en regiones con poca redundancia, como algunas zonas de África o el Pacífico sur, donde la rotura de un único cable puede dejar a un país prácticamente sin conexión internacional durante semanas.
¿Es cierto que los tiburones atacan los cables submarinos?
Es verdad que se han documentado marcas de mordiscos de tiburón en cables, sobre todo en los años noventa. Sin embargo, los tiburones no son una causa relevante de averías. Las roturas reales se deben principalmente a movimientos sísmicos, deslizamientos de sedimento en el fondo marino, anclas de barcos y redes de pesca. El mito del tiburón como amenaza principal es más viral que preciso.
¿Por qué Google y Meta construyen sus propios cables submarinos?
Porque el volumen de tráfico que generan sus servicios es tan enorme que depender de operadoras de telecomunicaciones tradicionales les resulta más caro y menos flexible que construir su propia infraestructura. Tener cables propios les da control sobre la capacidad, la latencia y la seguridad de sus conexiones, además de reducir costes a largo plazo.
¿Podría Starlink reemplazar a los cables submarinos?
No en el futuro próximo. Los satélites de órbita baja como Starlink son útiles para conectar zonas remotas donde tender fibra no es viable, pero no pueden competir con la capacidad bruta de los cables submarinos para el tráfico masivo entre continentes. La fibra óptica sigue siendo mucho más eficiente para mover grandes volúmenes de datos entre grandes centros urbanos.
¿Existe alguna regulación internacional que proteja los cables submarinos?
La Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar prohíbe dañar cables submarinos, pero los mecanismos de cumplimiento son limitados. No existe un tratado específico de protección ni un organismo internacional con capacidad de investigar y sancionar los sabotajes. Varios gobiernos llevan años pidiendo un marco regulatorio más robusto, sin que haya avanzado de forma concreta.
