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La moda sostenible y la tecnología: el greenwashing que se oculta en el algoritmo

La moda sostenible y la tecnología llevan años presentándose como la combinación perfecta: aplicaciones que calculan la huella de carbono de tu ropa, algoritmos que detectan materiales reciclados, plataformas que prometen conectarte solo con marcas éticas. El problema es que, detrás de muchas de esas promesas, hay más marketing que evidencia. Y la tecnología, lejos de ser una solución neutral, se ha convertido en uno de los mejores instrumentos para hacer que el greenwashing parezca riguroso.

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El sector textil es responsable de entre el 8% y el 10% del total de emisiones globales de CO₂, según datos de la ONU. Una cifra que las marcas conocen bien y que han aprendido a gestionar no solo cambiando sus procesos productivos, sino también controlando el relato. Y para controlar el relato en 2024, necesitas tecnología.

¿Qué papel juega el algoritmo en la moda sostenible?

Los algoritmos de recomendación de plataformas como Zalando o ASOS no están diseñados para hacerte comprar menos, sino para hacerte comprar más cosas que te parezcan responsables. Zalando lanzó en 2021 su filtro “Conscious” para identificar productos sostenibles, pero en 2022 la Autoridad de Competencia y Mercados del Reino Unido (CMA, por sus siglas en inglés) abrió una investigación sobre si esas etiquetas cumplían criterios verificables. El resultado fue que muchas afirmaciones no podían respaldarse con datos reales.

Lo que hace el algoritmo en estos casos es amplificar la etiqueta, no verificarla. Si una marca declara que usa algodón orgánico en el 30% de una prenda, el sistema puede catalogar ese producto como “sostenible” y mostrárselo prioritariamente a usuarios que han expresado interés en consumo responsable. El algoritmo no distingue entre sostenibilidad real y sostenibilidad declarada. Esa diferencia, que lo cambia todo, queda fuera de su lógica.

Todo esto conecta directamente con algo que ya hemos analizado antes: cómo las empresas venden sensaciones en lugar de hechos. La etiqueta verde no te dice nada sobre la cadena de producción completa; te dice algo sobre cómo quieres sentirte al comprar.

¿Puede la tecnología verificar realmente si una prenda es sostenible?

Técnicamente, sí. Existen herramientas con capacidad real para rastrear cadenas de suministro. El blockchain, por ejemplo, permite registrar cada paso de la producción de una prenda de forma inmutable: desde el origen de la fibra hasta el almacén de distribución. Startups como Textile Genesis o Sourcemap llevan años trabajando en eso. Algunas marcas como Patagonia o Eileen Fisher han adoptado sistemas de trazabilidad que van más allá de la declaración de intenciones.

El problema es que la tecnología de trazabilidad solo es fiable si los datos que entran son honestos. Si una fábrica introduce información falsa sobre el origen de sus materiales, el blockchain lo registra igual de bien que si fuera verdad. Es lo que en el sector se conoce como el problema “garbage in, garbage out”: el sistema es tan bueno como los datos que lo alimentan. Y auditar esos datos en tiempo real, en cadenas de producción distribuidas por quince países, sigue siendo un desafío sin solución completa.

La verificación independiente existe pero es costosa y lenta. Organizaciones como el Global Organic Textile Standard (GOTS) o Bluesign certifican procesos reales, pero sus auditorías no se actualizan en tiempo real. Mientras tanto, los algoritmos de las plataformas operan a millones de transacciones por segundo. La brecha entre lo que se puede verificar y lo que se puede vender como verificado es enorme.

¿Cómo reconocer el greenwashing tecnológico en el sector textil?

El greenwashing tecnológico en moda tiene patrones reconocibles. Las marcas que lo practican suelen combinar tres ingredientes: una aplicación o herramienta propia, métricas de impacto que ellas mismas calculan y una narrativa de transparencia que en realidad no permite auditoría externa. Una calculadora de huella de carbono diseñada por la propia marca no es lo mismo que una auditoría independiente, aunque las dos puedan presentarse con los mismos colores verdes.

H&M es quizás el ejemplo más citado. Su colección Conscious, lanzada en 2010 y vigente durante más de una década, fue objeto de múltiples críticas por usar porcentajes mínimos de materiales reciclados para justificar la etiqueta. En 2022, un tribunal de Ámsterdam falló contra H&M por publicidad engañosa relacionada con afirmaciones medioambientales. La empresa retiró algunas etiquetas, pero el modelo de negocio, que descansa en la sobreproducción, no cambió.

Shein, por su parte, ha lanzado iniciativas de “moda circular” y programas de ropa de segunda mano, al mismo tiempo que su modelo produce estimaciones de entre 2.000 y 10.000 nuevos diseños al día según distintas fuentes del sector. La tecnología de inteligencia artificial que usa para predecir tendencias y minimizar el exceso de stock se presenta como sostenibilidad operativa, pero no altera el volumen total de producción.

Merece la pena mirar también el impacto ambiental real de la infraestructura tecnológica que sostiene todo esto. Los centros de datos que procesan los algoritmos de recomendación, las plataformas de ecommerce y las herramientas de “trazabilidad verde” consumen cantidades significativas de energía. El balance ambiental real de la industria tecnológica rara vez aparece en las memorias de sostenibilidad de las marcas de moda.

¿Qué están haciendo los reguladores ante esto?

La Unión Europea es, por ahora, el territorio con la regulación más ambiciosa en este campo. La Directiva de Ecodiseño, aprobada en 2024, obliga a los fabricantes de ropa a incluir un pasaporte digital de producto que detalle la composición, la durabilidad y las instrucciones de reparación de cada prenda. El objetivo es que ese pasaporte sea legible por máquinas y verificable por terceros, no solo una declaración de la marca.

La misma UE trabaja en la Directiva sobre Alegaciones Ecológicas (Green Claims Directive), que prohibirá afirmaciones medioambientales sin respaldo verificable. Si se aprueba tal como está redactada, términos como “eco-friendly”, “verde” o “responsable” sin certificación externa dejarían de poder usarse en publicidad. Eso afectaría directamente a los algoritmos de filtrado de las plataformas, que tendrían que ajustar sus categorías a criterios verificados.

En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio (FTC) actualizó sus “Green Guides” en 2023, aunque sin fuerza vinculante comparable a la legislación europea. El marco regulatorio global sigue siendo fragmentado, lo que permite a las marcas jugar con distintos estándares según el mercado en el que operan.

El esfuerzo regulatorio europeo es relevante, pero tiene un límite claro: llega tarde respecto a los ciclos de moda ultrarrápida. Cuando una prenda de Shein o Temu tarda menos de tres semanas desde el diseño hasta la venta, los tiempos de auditoría y certificación estándar simplemente no encajan. Algunas startups intentan resolver esa brecha con herramientas de verificación automatizada, pero ninguna ha alcanzado escala suficiente para cambiar el sector.

El papel del consumidor y la trampa de la conciencia digital

Las aplicaciones dirigidas al consumidor han proliferado con la promesa de devolver el poder a quien compra. Good On You puntúa marcas según criterios laborales y medioambientales. DoneGood filtra opciones de compra por valores éticos. ThredUp ofrece ropa de segunda mano con estimaciones del agua y CO₂ que “ahorras” al elegir una prenda usada.

Estas herramientas tienen valor real, pero también generan un efecto secundario que los investigadores llaman “licencia moral”: la sensación de haber compensado algo te predispone a consumir más. Un estudio publicado en el Journal of Marketing Research en 2020 mostró que los consumidores que tomaban decisiones “verdes” en una primera elección tendían a ser menos cuidadosos en las siguientes. La conciencia de haber comprado bien puede funcionar como permiso para comprar más.

Las plataformas conocen ese mecanismo. La gamificación de la sostenibilidad, con puntos, insignias y métricas de impacto personal, no solo informa: también engancha. Y un usuario enganchado compra con más frecuencia, aunque cada compra individual sea “responsable”. El resultado puede ser un volumen total de consumo mayor que antes de que existiera la aplicación. Esto tiene mucho en común con lo que ya hemos visto en el análisis de cómo se monetiza tu atención antes de que te des cuenta de que te la están robando.

La segunda mano digitalizada merece una mención aparte. Plataformas como Vinted, Depop o Vestiaire Collective han crecido de forma notable, y su impacto en reducir ropa nueva tiene respaldo académico parcial. Pero un informe de la Universidad de Queensland de 2022 advirtió que la accesibilidad de la segunda mano también puede incentivar comprar más prendas en total, porque la barrera psicológica del precio baja. El mercado de lo reacondicionado tiene una lógica parecida: la reventa no garantiza automáticamente menos producción nueva.

Los materiales alternativos son otra área donde la tecnología y la moda sostenible se cruzan con resultados mixtos. Bolt Threads lleva años desarrollando Mylo, un cuero derivado del micelio de hongos, y Stella McCartney lo ha incorporado en algunas piezas. Modern Meadow trabaja en bioleather cultivado en laboratorio. Estos materiales tienen una huella potencialmente menor que el cuero animal o los sintéticos derivados del petróleo, pero su producción a escala sigue siendo pequeña y cara. La brecha entre el prototipo y la producción masiva es donde muchas promesas de moda sostenible se pierden.

El algodón reciclado, el poliéster recuperado de botellas de plástico o las fibras de Tencel (lyocell de origen forestal) son materiales con mejor perfil ambiental que sus alternativas convencionales, pero no son neutrales. El reciclaje de fibras textiles mezcla distintos tipos de tela y produce fibras más cortas y de menor calidad que las originales. Y el poliéster reciclado sigue siendo plástico: se lava, suelta microfibras y, al final de su vida útil, plantea los mismos problemas de gestión de residuos. La economía circular en tecnología tiene los mismos límites que en textil: reciclar mejor no equivale a producir menos.

Parte de lo que sostiene todo este sistema, a menudo sin visibilidad pública, es el trabajo de personas que etiquetan, clasifican y verifican datos de sostenibilidad de forma manual para entrenar los sistemas automáticos. Ese trabajo invisible de mantenimiento de la IA rara vez aparece en las cuentas de sostenibilidad de nadie, aunque es parte del coste real del sistema.

¿Llegará un punto en que el algoritmo no pueda seguir ocultando el problema?

La regulación europea avanza, las herramientas de verificación mejoran y la prensa especializada presta más atención a las afirmaciones verdes que hace una década. Pero la velocidad a la que opera la moda ultrarrápida, amplificada por algoritmos de tendencias y publicidad hipersegmentada, sigue siendo muy superior a la capacidad de cualquier sistema de verificación externo.

El pasaporte digital de producto de la UE podría cambiar algo de eso si se implementa con rigor. Si cada prenda vendida en territorio europeo debe llevar datos verificables sobre su composición y origen, los algoritmos de las plataformas tendrán que ajustarse a esa información o enfrentarse a sanciones. Pero el pasaporte cubre la composición, no las condiciones laborales de quienes cosieron la prenda, ni el impacto hídrico del campo donde creció el algodón, ni las emisiones del transporte.

La moda sostenible y la tecnología comparten un problema estructural: ambas se miden por outputs (prendas producidas, datos procesados, métricas de impacto generadas) y no por el resultado real sobre el planeta. Mientras el éxito se defina en términos de crecimiento, la sostenibilidad será siempre un adjetivo más, no un límite.

La pregunta que queda abierta es incómoda: ¿puede existir una industria de la moda sostenible a escala masiva, o la escala masiva es precisamente el problema que ningún algoritmo puede resolver?

Preguntas frecuentes

¿Qué es el greenwashing en la moda y cómo lo usa la tecnología?

El greenwashing en moda es el uso de afirmaciones medioambientales sin respaldo verificable para mejorar la imagen de una marca. La tecnología lo amplifica cuando los algoritmos de plataformas como Zalando o ASOS categorizan productos como “sostenibles” basándose en declaraciones de las propias marcas, sin auditoría externa. El resultado es que lo que parece riguroso por ser digital puede no serlo en absoluto.

¿El blockchain realmente puede garantizar que una prenda es sostenible?

El blockchain puede registrar la cadena de suministro de una prenda de forma inmutable, pero no garantiza que los datos introducidos sean verídicos. Si una fábrica declara un origen falso para sus materiales, el sistema lo registra igual. La tecnología de trazabilidad es útil, pero depende completamente de la honestidad de quienes introducen los datos iniciales.

¿Las apps de moda sostenible ayudan de verdad a consumir menos?

Algunas aportan información útil, pero hay evidencia de que también pueden generar el efecto contrario. Investigaciones en psicología del consumo apuntan a que tomar decisiones “verdes” puede funcionar como una especie de permiso para comprar más después. Las plataformas de segunda mano reducen el precio de entrada y, según algunos estudios, pueden aumentar el volumen total de prendas compradas.

¿Qué hace la Unión Europea para frenar el greenwashing en moda?

La UE ha aprobado la Directiva de Ecodiseño, que exige un pasaporte digital de producto para las prendas, y trabaja en la Green Claims Directive, que prohibiría etiquetas ecológicas sin certificación externa verificable. Son medidas con potencial real, pero cubren solo una parte de la cadena de impacto y llegan con mucho retraso respecto a los ciclos de producción de la moda ultrarrápida.

¿Los materiales alternativos como el cuero de hongos son realmente sostenibles?

Tienen un perfil ambiental potencialmente mejor que el cuero animal o los plásticos derivados del petróleo, pero su producción a escala sigue siendo limitada y costosa. Materiales como Mylo, de Bolt Threads, han aparecido en piezas de Stella McCartney, pero no están disponibles en producción masiva. La sostenibilidad de un material también depende de cómo se gestiona al final de su vida útil.

¿Cómo puedo saber si una marca de moda es realmente sostenible?

Busca certificaciones emitidas por terceros independientes, como GOTS para el algodón orgánico o Bluesign para procesos industriales. Desconfía de etiquetas propias sin auditoría externa y de porcentajes muy bajos presentados como credencial verde. Herramientas como Good On You agregan información pública sobre marcas, aunque tampoco son fuentes perfectas: son un punto de partida, no una garantía.