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La economía circular aplicada a la tecnología: dónde estamos realmente

La economía circular aplicada a la tecnología suena bien en las presentaciones corporativas, pero la realidad de los residuos electrónicos en 2024 es bastante más incómoda: ese año se generaron alrededor de 62 millones de toneladas de basura electrónica en el mundo, según la ONU, y apenas el 22% se recicló de forma controlada. El resto acabó en vertederos, en circuitos informales de desmontaje o simplemente olvidado en cajones. La brecha entre el discurso y los hechos no podría ser mayor.

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Hablar de economía circular en tecnología significa, en teoría, que los materiales de un dispositivo vuelven al sistema productivo cuando ese dispositivo deja de usarse. Ningún litio perdido, ningún cobalto enterrado, ningún oro microscópico que se volatilice en un incinerador. La idea lleva décadas circulando en la literatura académica y en los documentos de política industrial de la Unión Europea. Lo que lleva mucho menos tiempo es que alguien la tome en serio a escala industrial.

¿Por qué sigue siendo tan difícil reciclar un smartphone?

Un teléfono moderno contiene más de 60 elementos de la tabla periódica. Separar el tantalio del condensador, el indio de la pantalla o el paladio de las soldaduras no es un proceso que se pueda hacer con una trituradora y un imán. Requiere procesos químicos e hidrometalúrgicos complejos, instalaciones especializadas y, sobre todo, que alguien pague la factura. El problema de fondo es económico: reciclar bien cuesta más que extraer materiales vírgenes en muchos casos, porque los precios de las materias primas no incluyen su coste ambiental real.

Apple, Samsung y Google han anunciado robots de desmontaje propios. Apple tiene a Daisy, su robot capaz de desmontar 23 modelos diferentes de iPhone a razón de 1,2 millones de unidades al año, según la propia empresa. Es una cifra que impresiona hasta que se compara con los 230 millones de iPhones que Apple vendió solo en 2023. La infraestructura de recuperación existe, pero su escala es simbólica frente al volumen del problema.

La huella real de la industria tecnológica rara vez aparece en los folletos de sostenibilidad. El desmontaje manual, que sigue siendo la vía predominante en muchos países, ocurre en condiciones muy diferentes según dónde se haga: en plantas certificadas de Europa o Norteamérica, o en talleres informales de Ghana, India o Bangladesh donde los trabajadores queman cables para recuperar el cobre sin ninguna protección.

¿Qué están haciendo realmente las empresas tecnológicas?

Algunas iniciativas merecen atención porque van más allá del marketing. Fairphone, la empresa neerlandesa fundada en 2013, lleva más de una década fabricando teléfonos diseñados para ser reparados por el propio usuario, con módulos intercambiables y piezas de repuesto disponibles en su tienda. Sus ventas son modestas comparadas con las de los grandes fabricantes, pero han demostrado que el modelo es técnicamente viable. El diseño para la reparabilidad existe; la decisión de adoptarlo es estratégica, no técnica.

En el segmento de ordenadores y servidores, empresas como Dell y HP han incorporado plástico reciclado procedente de residuos oceánicos en algunas líneas de producto, y Lenovo ha publicado índices de contenido reciclado para sus equipos. Son pasos reales, aunque parciales. El contenido reciclado en un portátil medio todavía está lejos de superar el 30% en peso, y los componentes críticos (pantallas, baterías, chips) siguen fabricándose con materiales vírgenes en su inmensa mayoría.

El sector de los centros de datos ha avanzado algo más rápido en otro aspecto de la circularidad: la reutilización de servidores. Microsoft, Meta y Amazon Web Services han desarrollado programas internos para extender la vida útil de sus servidores más allá de los tres o cuatro años tradicionales, reacondicionando componentes y revendiendo equipos a mercados secundarios. La contradicción entre consumo energético y sostenibilidad en estos centros sigue sin resolverse del todo, pero al menos en este punto concreto hay movimiento real.

¿Qué dice la regulación y hasta dónde llega su alcance?

La Unión Europea es, con diferencia, el actor regulatorio más activo en este campo. El Reglamento de Diseño Ecológico para Productos Sostenibles, que comenzó a desplegarse en 2022, obliga a los fabricantes a garantizar la disponibilidad de piezas de repuesto durante al menos siete años para algunas categorías de productos. La directiva de baterías aprobada en 2023 exige niveles mínimos de contenido reciclado en las baterías de vehículos eléctricos y dispositivos electrónicos a partir de 2030. Son plazos que parecen lejanos, pero la presión sobre los fabricantes ya ha empezado a notarse.

En Estados Unidos la situación es más fragmentada. Varios estados, California entre ellos, han aprobado leyes de derecho a la reparación que obligan a los fabricantes a proporcionar manuales, herramientas de diagnóstico y piezas a talleres independientes y usuarios. Apple se opuso durante años a estas leyes y finalmente en 2022 lanzó su programa Self Service Repair, más como respuesta a la presión regulatoria que por convicción propia. El programa existe, pero las piezas cuestan casi lo mismo que ir a una tienda oficial.

China, que es el mayor productor y consumidor de electrónica del mundo, tiene una normativa de responsabilidad ampliada del productor que obliga a los fabricantes a financiar el reciclaje, pero su aplicación es desigual. El mercado informal de reparación y reutilización en China es, paradójicamente, uno de los más dinámicos del planeta, aunque opera en gran medida al margen de los estándares ambientales formales.

Todo esto conecta con un debate más amplio sobre la vida útil real de los dispositivos y qué ocurre cuando dejan de funcionar. La obsolescencia programada, documentada en casos como el de Apple con los procesadores de iPhone y las baterías, no es solo un problema para el consumidor: es un acelerador de residuos.

El mercado de segunda mano y la reparación como alternativa real

El mercado de dispositivos reacondicionados creció un 11% en 2023, según IDC, y se espera que supere los 350 millones de unidades vendidas en 2025. Plataformas como Back Market, fundada en París en 2014, o Swappie, especializada en iPhones de segunda mano, han convertido la reventa de electrónica reacondicionada en un negocio con cientos de millones de euros de facturación anual. La segunda mano ya no es el mercado de la necesidad: es una opción activa para un segmento creciente de consumidores.

La reparación también vive un momento de visibilidad inusual. iFixit, la plataforma que lleva desde 2003 publicando guías de reparación gratuitas para casi cualquier dispositivo, tiene hoy más de 100 millones de visitas anuales. El movimiento de reparadores voluntarios, los llamados Repair Cafés, suma más de 2.500 locales en 38 países según su propia red. Son señales de que hay demanda real, aunque el sistema de precios todavía penaliza la reparación frente a la compra de un producto nuevo.

El problema estructural es que las startups que abordan problemas reales en este espacio (logística inversa, clasificación de residuos con inteligencia artificial, recuperación de materiales críticos) se enfrentan a economías de escala que las hacen poco rentables hasta que alcanzan cierto volumen. Y ese volumen es difícil de alcanzar sin regulación que iguale las condiciones del mercado.

Los materiales críticos son el nudo gordiano de toda la conversación. El litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras que componen las baterías de los dispositivos no se recuperan de forma significativa en ningún país del mundo a escala suficiente. La Agencia Internacional de la Energía calcula que la demanda de litio podría multiplicarse por 40 antes de 2040 si la transición energética sigue adelante. Reciclar baterías no es opcional a largo plazo: es una necesidad geopolítica.

Empresas como Redwood Materials, fundada por el exvicepresidente de Tesla JB Straubel en 2017, están construyendo infraestructuras de reciclaje de baterías a escala industrial en Nevada. Li-Cycle, canadiense, tiene plantas en varios países. Son proyectos con financiación pública y privada significativa, pero su capacidad instalada todavía es una fracción de lo que se necesitaría. Merece la pena seguirlos porque son un indicador real de si la economía circular en tecnología avanza o sigue siendo un concepto de PowerPoint.

El balance de una década de smartphones deja una lección clara: los ciclos de renovación rápida que impulsaron el crecimiento de la industria tienen una factura material que el planeta paga en kilos de residuos, no en abstracto. Cambiar eso exige alterar los incentivos económicos, no solo las voluntades individuales.

El modelo de producto como servicio, donde el fabricante mantiene la propiedad del hardware y el usuario paga por usarlo, podría alinear esos incentivos de forma más efectiva. Si Apple o Samsung fueran propietarios del iPhone que usas, tendrían un incentivo directo para que durara más y para recuperar sus materiales al final de su vida. Algunas empresas de equipos industriales llevan décadas operando así. En electrónica de consumo, los experimentos existen pero ninguno ha alcanzado masa crítica.

¿Llegará la economía circular a la tecnología antes de que el problema sea irreversible?

La pregunta no tiene respuesta cómoda. La economía circular en tecnología tiene condiciones técnicas para funcionar: los materiales son recuperables, el diseño para la reparación es viable, las plataformas de segunda mano demuestran que hay mercado. Lo que falta es que los precios reflejen los costes reales, que la regulación sea más ambiciosa y que las infraestructuras de reciclaje escalen al ritmo de la producción. Ninguna de esas tres cosas depende de la tecnología en sí, sino de decisiones políticas y económicas que se están tomando demasiado despacio.

La economía de la atención que sostiene gran parte del modelo de negocio digital tiene como correlato físico un ciclo de renovación de dispositivos que genera residuos constantemente. Más pantallas, más actualizaciones, más modelos nuevos. Mientras el negocio de vender hardware nuevo sea más rentable que recuperar el viejo, el sistema seguirá girando en la dirección equivocada. El círculo todavía no es circular.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la economía circular aplicada a la tecnología?

Es un modelo en el que los materiales de los dispositivos electrónicos se recuperan y reintroducen en el proceso productivo en lugar de acabar como residuos. Incluye el diseño para la reparación, el reciclaje de componentes y baterías, la reutilización de equipos y los mercados de segunda mano. En la práctica, su aplicación real todavía es marginal frente al volumen de residuos que genera la industria tecnológica cada año.

¿Cuánta basura electrónica se genera en el mundo?

Según los datos del informe Global E-waste Monitor de la ONU, en 2024 se generaron aproximadamente 62 millones de toneladas de residuos electrónicos en todo el mundo. De esa cantidad, solo alrededor del 22% fue reciclada de forma documentada y controlada. El resto termina en vertederos, circuitos informales de desmontaje o almacenado sin gestión adecuada en hogares y empresas.

¿Es seguro comprar un móvil reacondicionado?

En general sí, siempre que el vendedor tenga certificación de reacondicionamiento (grados A o B verificados) y ofrezca garantía. Plataformas como Back Market o Swappie trabajan con talleres auditados y ofrecen garantías de entre 12 y 24 meses. Los riesgos principales son la degradación de la batería y la disponibilidad futura de piezas, no la seguridad del dispositivo en sí.

¿El derecho a la reparación ya es ley en España?

En España y en el resto de la Unión Europea aplica el Reglamento de Diseño Ecológico, que obliga a los fabricantes a garantizar piezas de repuesto durante al menos siete años para algunas categorías de productos. Desde 2024, también hay obligaciones específicas para smartphones y tabletas. No es exactamente un «derecho a la reparación» en el sentido anglosajón del término, pero obliga a los fabricantes a facilitar la reparabilidad.

¿Por qué no se reciclan más las baterías de los móviles?

El reciclaje de baterías de litio es técnicamente posible pero costoso. Separar los materiales valiosos (litio, cobalto, níquel) requiere procesos químicos complejos cuyo coste supera con frecuencia el valor de mercado de los materiales recuperados. Además, los puntos de recogida son escasos y muchos usuarios no saben dónde dejar las baterías agotadas. La regulación europea está empujando para que esto cambie antes de 2030.

¿Es la obsolescencia programada ilegal en Europa?

No existe una prohibición explícita con ese nombre, pero la normativa europea de garantías y diseño ecológico la desincentiva de forma indirecta. En Francia sí existe desde 2015 un delito de «obsolescencia programada» con multas de hasta 300.000 euros y penas de prisión. Apple fue investigada en ese país por la gestión del rendimiento de sus iPhones. Es un terreno legal en construcción, no un marco consolidado.