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El problema del agua en los centros de datos que nadie menciona

Los centros de datos consumen millones de litros de agua al día, y este dato rara vez aparece en los informes de sostenibilidad que las grandes tecnológicas publican con tanto entusiasmo. El agua centros datos consumo es uno de los impactos ambientales más silenciados del sector: menos visible que las emisiones de CO₂, pero igual de real y, en algunas regiones del mundo, mucho más urgente.

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Cuando hablas con alguien sobre el impacto ambiental de la tecnología, casi siempre la conversación va a parar a la electricidad. A los megas de energía que consume un servidor. A si viene de renovables o de carbón. Pero el agua es la otra cara de esa misma moneda, y se habla de ella mucho menos.

La razón es sencilla y un poco incómoda: el agua no sale en la factura eléctrica. No genera titulares de la misma forma. Y en muchos países, los datos hídricos de las grandes empresas tecnológicas siguen siendo voluntarios, parciales o directamente inexistentes.

¿Para qué necesitan agua los centros de datos?

Los centros de datos necesitan agua principalmente para refrigerar los servidores, que generan calor de forma continua y masiva. La forma más habitual de hacerlo es mediante torres de refrigeración que evaporan agua para disipar ese calor: un proceso eficaz, barato y con un coste hídrico enorme que pocas veces aparece en los folletos corporativos.

Un servidor que procesa datos genera calor constante. Si ese calor no se elimina, el hardware falla. Las torres de refrigeración evaporativa funcionan como el sudor humano: enfrían por evaporación. El problema es que ese vapor simplemente desaparece. No se recupera, no vuelve al ciclo. Se pierde.

Existen alternativas: la refrigeración líquida directa sobre los chips, los sistemas de aire libre cuando el clima lo permite, o los llamados sistemas de circuito cerrado que recirculan el agua en vez de evaporarla. Pero la infraestructura heredada de muchos centros de datos sigue basándose en torres evaporativas, y reconvertirla tiene un coste que las empresas no siempre están dispuestas a asumir.

Además, hay otro vector de consumo que se menciona aún menos: el agua que se usa para generar la electricidad que alimenta esos mismos centros. Las centrales termoeléctricas —incluidas muchas que queman gas natural— también necesitan agua para sus propios procesos de refrigeración. Así que el impacto hídrico de un centro de datos no termina en sus instalaciones: empieza mucho antes.

¿Cuánta agua consume exactamente un centro de datos?

Google reconoció en su informe medioambiental de 2022 haber consumido cerca de 5.600 millones de litros de agua en todo el mundo, una cifra que la propia compañía comparó con el consumo de más de 29 campos de golf. Microsoft, por su parte, reportó un consumo de aproximadamente 6.400 millones de litros ese mismo año. Amazon Web Services, que gestiona la mayor infraestructura de computación en la nube del planeta, no ha publicado datos equivalentes con el mismo nivel de detalle.

Estos números son enormes, pero también son los que las propias empresas han querido revelar. La investigadora Shaolei Ren, de la Universidad de California en Riverside, ha publicado estudios que sugieren que el consumo real podría ser sustancialmente mayor si se incluye el agua asociada a la generación eléctrica. En su análisis, entrenar un modelo de lenguaje como GPT-3 podría haber requerido entre 500.000 y 700.000 litros de agua, dependiendo de dónde y cuándo se realizó el entrenamiento.

El detalle de «dónde y cuándo» importa mucho. Si el centro de datos usa electricidad de una red que depende de centrales de gas en pleno verano, el consumo hídrico asociado se dispara. Si lo hace en una región fría con energía hidroeléctrica, la ecuación cambia. Esto hace que los promedios globales sean útiles como referencia pero engañosos como medida de impacto real.

Y aquí es donde la conversación se vuelve más complicada: la promesa de las renovables no resuelve automáticamente el problema del agua. Un centro de datos alimentado por energía solar puede seguir evaporando millones de litros al año si su sistema de refrigeración no cambia.

¿Dónde se instalan estos centros y por qué eso es un problema?

La localización de los centros de datos no es aleatoria, pero tampoco siempre responde a criterios ambientales. Se instalan donde hay suelo barato, incentivos fiscales, buena conectividad y electricidad asequible. El agua disponible en la zona raramente es el factor decisivo, y eso es un problema cuando los centros se construyen en regiones con estrés hídrico crónico.

Un caso concreto: en 2021 y 2022, varios medios documentaron la expansión de centros de datos en el estado de Arizona, en el suroeste de Estados Unidos, una región que lleva años en situación de sequía histórica y que depende críticamente del río Colorado, cuyo nivel ha caído de forma alarmante. Microsoft, Google y Meta tienen o han tenido instalaciones en esa zona. La elección no fue ilegal ni irresponsable en sentido estricto: los permisos estaban en orden. Pero el debate sobre si instalar infraestructura hídrico-intensiva en zonas con escasez de agua es algo que la sociedad ha empezado a hacer tarde.

El mismo patrón aparece en otras regiones. En los Países Bajos, el gobierno llegó a frenar temporalmente la expansión de centros de datos en la región de Ámsterdam por el impacto combinado sobre el suelo, la energía y el agua. En Chile, organizaciones locales han protestado contra instalaciones de Google en zonas con acceso restringido al agua. La tensión entre necesidad digital y recursos naturales locales es ya un conflicto político en varios países.

No es solo una cuestión de cantidad. Es también una cuestión de competencia: cuando un centro de datos extrae agua de un acuífero compartido, esa agua ya no está disponible para la agricultura, para el consumo humano o para el ecosistema. Y en zonas donde el agua ya es escasa, esa competencia tiene consecuencias muy concretas para comunidades que no tienen ningún voto en la decisión.

¿Qué están haciendo las empresas para reducir el consumo?

Las grandes tecnológicas han asumido compromisos formales de eficiencia hídrica, pero los resultados son desiguales y los plazos, generosos. Microsoft anunció en 2020 el objetivo de ser «positivo en agua» para 2030, es decir, devolver más agua de la que consume. Google ha comprometido reponer el 120% del agua que usa para 2030. Estos compromisos son reales, pero también son metas a una década vista en un sector que crece a un ritmo que dificulta cualquier mejora de eficiencia.

En el plano técnico, algunas soluciones están ganando terreno. La refrigeración por inmersión —sumergir los servidores directamente en líquidos dieléctricos no conductores— elimina prácticamente el consumo de agua evaporativa. Microsoft ha experimentado con centros de datos submarinos (el proyecto Natick) precisamente para aprovechar el frío del océano. Varios operadores están apostando por la recuperación del calor residual para calentar edificios o invernaderos cercanos, lo que no reduce el consumo hídrico directamente pero mejora la ecuación global de eficiencia.

El problema es que estas innovaciones avanzan más despacio que la demanda. Cada nuevo modelo de inteligencia artificial, cada expansión del streaming en alta resolución, cada nueva plataforma de videojuegos en la nube añade carga a una infraestructura que ya consume recursos a una escala difícil de visualizar. Y las tecnologías que vienen en el horizonte, como la computación cuántica, aún no tienen un perfil hídrico bien estudiado.

Hay también una cuestión de métricas. El indicador más usado en el sector es el PUE (Power Usage Effectiveness), que mide la eficiencia energética. Pero no existe un equivalente hídrico estandarizado que sea obligatorio reportar. El WUE (Water Usage Effectiveness) existe como concepto, pero su adopción es voluntaria y su cálculo varía entre empresas, lo que hace casi imposible comparar datos de forma rigurosa.

Esto conecta con algo que ya hemos explorado aquí cuando analizamos el mercado invisible que sostiene la economía digital: los costes reales del sistema raramente los paga quien toma las decisiones de diseño.

¿Debería preocuparte el agua que consume tu uso de la nube?

El consumo hídrico asociado al uso individual de la nube es real pero difícil de cuantificar con precisión. Investigadores como los del grupo de Shaolei Ren han intentado calcular cuánta agua «cuesta» una conversación con ChatGPT: sus estimaciones apuntan a entre 500 mililitros y un litro por cada 20 o 30 preguntas, dependiendo del centro que procese la petición. OpenAI no ha confirmado ni desmentido estas cifras con datos propios.

El problema de estas estimaciones individuales es que generan una trampa cognitiva: nos llevan a pensar que el problema se resuelve usando menos la IA o enviando menos correos. No funciona así. El consumo hídrico de los centros de datos es principalmente estructural, no individual. La infraestructura consume aunque tú no la uses, porque siempre hay alguien usándola, y porque los servidores generan calor independientemente de cuántas peticiones reciben en un momento dado.

Esto no significa que el comportamiento individual no importe en absoluto. Significa que la escala del problema hídrico requiere respuestas regulatorias y de diseño sistémico, no solo cambios de hábito personal. La responsabilidad individual es real, pero no puede sustituir a la colectiva.

Lo que sí puedes hacer como usuario informado es exigir transparencia. Preguntar a las empresas que usas qué datos publican sobre su consumo de agua. Apoyar iniciativas que reclamen que el WUE sea un indicador de reporte obligatorio. Y entender que cuando borras una app o cierras una cuenta, los datos que generaste —y el agua que costó procesarlos— no desaparecen de los servidores con la misma facilidad.

El movimiento hacia la transparencia también implica entender cómo la tecnología que usamos impacta en las comunidades más vulnerables. Los datos que generamos con nuestros dispositivos alimentan sistemas que luego se alojan en infraestructuras con un coste ambiental distribuido de forma muy desigual en el mundo.

¿Seguiremos consumiendo agua como si fuera gratis?

La pregunta de fondo no es técnica. Es política. El agua centros datos consumo ha crecido en paralelo al boom de la inteligencia artificial y del cloud computing, y todo indica que seguirá haciéndolo durante los próximos años. Las herramientas para reducirlo existen o están en desarrollo. Lo que falta es la presión regulatoria suficiente para que su adopción no sea opcional.

El sector tecnológico tiene una relación histórica con los recursos naturales que podría resumirse en una frase: primero escalar, luego compensar. Con la energía eléctrica, esa dinámica tardó décadas en empezar a corregirse, y aún no está resuelta. Con el agua, el margen de tiempo es más estrecho, porque el agua es más local, más finita y más urgente que la energía en muchas partes del mundo.

Hay algo llamativo en el hecho de que la industria que más habla de innovación y de futuro sea también la que más lentamente asume la responsabilidad sobre sus impactos más invisibles. La tecnología que promete optimizarlo todo todavía no ha optimizado su propia relación con uno de los recursos más básicos del planeta.

La pregunta que queda abierta es si la presión vendrá de los reguladores, de los mercados o de las comunidades que ya están sintiendo en sus pozos y en sus ríos el coste de alojar la infraestructura digital del mundo. Porque alguien está pagando ese precio. Solo que no aparece en ningún informe de sostenibilidad.

Preguntas frecuentes

¿Por qué consumen agua los centros de datos si son instalaciones tecnológicas?

Los centros de datos consumen agua porque sus servidores generan calor de forma continua y necesitan sistemas de refrigeración para funcionar. El método más extendido es la refrigeración evaporativa: torres que disipan el calor mediante la evaporación de agua, un proceso eficaz pero que consume millones de litros al año sin posibilidad de recuperarlos.

¿Cuánta agua gasta ChatGPT o una IA generativa?

Las estimaciones académicas apuntan a entre 500 mililitros y un litro de agua por cada 20 o 30 preguntas a un modelo como ChatGPT, aunque la cifra varía según el centro de datos que procese la petición y la energía que use. Ni OpenAI ni Microsoft han publicado datos propios que confirmen o desmientan estas estimaciones.

¿Es el agua un problema mayor que la energía en los centros de datos?

No es más grave en términos absolutos, pero sí más urgente en muchos contextos locales. La energía puede generarse con renovables; el agua consumida por evaporación no se recupera y compite directamente con el uso agrícola y humano en la misma región. En zonas con estrés hídrico crónico, el impacto puede ser más inmediato que el energético.

¿Qué países o regiones tienen más conflictos por el agua de los centros de datos?

Los casos más documentados están en el suroeste de Estados Unidos, especialmente Arizona, donde la sequía es severa y hay varias grandes instalaciones de Microsoft, Google y Meta. También hay conflictos registrados en los Países Bajos y en zonas de Chile donde organizaciones locales han protestado contra instalaciones de Google por el acceso al agua.

¿Pueden los centros de datos funcionar sin consumir agua?

Técnicamente sí, aunque con matices. La refrigeración por inmersión en líquidos dieléctricos y el aprovechamiento del aire exterior en climas fríos reducen drásticamente el consumo hídrico. Sin embargo, la mayor parte de la infraestructura global sigue dependiendo de torres evaporativas, y reconvertirla tiene un coste económico que frena su adopción masiva.

¿Están obligadas las empresas tecnológicas a publicar su consumo de agua?

En la mayoría de países, no. El reporte hídrico sigue siendo voluntario para las grandes tecnológicas, a diferencia de algunas obligaciones de divulgación energética que ya existen en mercados como la Unión Europea. Organizaciones y académicos llevan años reclamando que el WUE —la eficiencia en uso del agua— sea un indicador de reporte obligatorio y estandarizado.