Hay algo que no cuadra del todo cuando lo piensas fríamente: vivimos en la era de los smartphones con cámaras de 200 megapíxeles, de la edición instantánea, de los filtros que imitan cualquier estética en décimas de segundo, y aun así miles de jóvenes están comprando carretes de 36 exposiciones, esperando días para ver sus fotos y asumiendo que al menos un tercio saldrán movidas o sobreexpuestas. El revival analógico en tecnología no es una moda pasajera de cuatro hipsters con bolsas de tela. Los números lo demuestran, y las preguntas que levanta son más interesantes que las respuestas.

Los datos que nadie esperaba
Kodak, la empresa que estuvo a punto de desaparecer en 2012 tras declararse en bancarrota, lleva varios años consecutivos aumentando su producción de película fotográfica. Fujifilm no da abasto con algunos de sus carretes más populares. En plataformas como eBay y Wallapop, las cámaras analógicas de los años 80 y 90 se han convertido en artículos de segunda mano con precios que se han multiplicado por tres o por cuatro en menos de una década.
Y el perfil del comprador sorprende: no son nostálgicos de cincuenta años que quieren revivir su juventud. Son, en buena parte, personas de entre 18 y 30 años que nunca usaron una cámara de carrete en serio, que crecieron con Instagram y TikTok, y que están eligiendo deliberadamente una tecnología más lenta, más cara y menos predecible.
¿Por qué alguien haría eso voluntariamente?
El revival analógico en tecnología: más que una estética
La respuesta fácil sería decir que es pura estética. Y en parte lo es: el grano del carrete, los colores ligeramente desaturados, la textura de las fotos en papel tienen un aspecto que los filtros digitales intentan imitar sin lograrlo del todo. Pero quedarse ahí sería perderse lo más interesante del fenómeno.
Hay algo más profundo ocurriendo. Algo que tiene que ver con la relación que esta generación ha construido con la tecnología digital y con lo que esa tecnología les ha quitado sin pedirles permiso.
Piénsalo: con un smartphone puedes hacer mil fotos en un día. No cuestan nada. No hay consecuencias. Puedes borrarlas todas y empezar de nuevo. La fotografía digital ha eliminado la fricción por completo, y al hacerlo, también ha eliminado algo más difícil de definir: el peso de cada momento capturado.
Con un carrete de 36 fotos, cada disparo importa. Tienes que pensar antes de apretar. Y cuando por fin ves el resultado, semanas después, la imagen viene cargada de algo que la foto instantánea no tiene: tiempo, incertidumbre, una pequeña historia de espera.
La generación del scroll infinito busca fricción
Suena paradójico, pero tiene su lógica. Los jóvenes que están impulsando este revival son exactamente los mismos que han crecido en un entorno diseñado para eliminar cualquier obstáculo entre el deseo y su satisfacción. Streaming sin esperas, entrega en 24 horas, respuestas instantáneas, contenido infinito. La fricción fue eliminada como si fuera un defecto, y ahora resulta que hay gente que la echa de menos.
No es casualidad que esto esté ocurriendo al mismo tiempo que otros fenómenos similares: el vinilo lleva más de una década creciendo en ventas, los libros físicos resisten mejor de lo que nadie preveía, los cuadernos de papel siguen vendiéndose en cantidades absurdas en plena era digital. Hay un patrón aquí.
Y ese patrón conecta directamente con debates que el sector tecnológico ya no puede ignorar. Los mismos que llevan años preguntándose qué pasa cuando la interacción con la tecnología se vuelve completamente invisible ahora tienen que enfrentarse al hecho de que mucha gente prefiere que esa interacción sea visible, tangible, incluso torpe.
¿Nostalgia o resistencia?
Aquí es donde el análisis se pone interesante. Hay dos formas de interpretar este movimiento, y no son excluyentes.
La primera lectura es la de la nostalgia como producto de consumo. La industria es perfectamente capaz de convertir cualquier anhelo humano en una oportunidad de negocio, y la fotografía analógica no es una excepción. Hay marcas que venden la estética del carrete sin el carrete: filtros de pago, aplicaciones que simulan el revelado químico, impresoras de fotos instantáneas que cuestan una fortuna. El capitalismo es muy bueno reciclando la rebeldía.
La segunda lectura es más incómoda para la industria tecnológica: que parte de este movimiento es una forma genuina de resistencia al paradigma digital. Una manera de recuperar el control sobre la propia experiencia en un entorno donde los algoritmos deciden qué ves, cuándo lo ves y cuánto tiempo llevas mirando la pantalla.
La fotografía analógica no tiene algoritmo. No hay una IA que te diga qué foto tiene más posibilidades de conseguir engagement. No hay métricas. No hay notificaciones. Solo tú, la luz y 36 oportunidades.
El coste real de elegir lo analógico
Conviene no romantizar demasiado. Elegir la fotografía analógica en 2024 no es barato ni sencillo. Un carrete de color de calidad puede costar entre 12 y 20 euros. El revelado, si encuentras un laboratorio cerca, añade otros 10 o 15 euros más. Estamos hablando de que cada foto puede costarte entre 50 céntimos y un euro antes de siquiera verla.
Y los laboratorios de revelado están desapareciendo. En muchas ciudades medianas ya no queda ninguno. El conocimiento técnico para revelar en casa es escaso y cada vez hay menos lugares donde aprenderlo. La infraestructura que sostenía la fotografía analógica lleva décadas desmantelándose, y reconstruirla no es trivial.
Así que la persona que elige este camino no lo hace por comodidad. Lo hace a pesar de los inconvenientes, lo cual dice bastante sobre la motivación que hay detrás.
Qué nos dice esto del vínculo entre humanos y tecnología
El revival analógico en tecnología es un síntoma de algo más grande: una tensión creciente entre la eficiencia que promete la tecnología digital y el tipo de experiencia que los seres humanos parecen necesitar.
No es el único ámbito donde esta tensión aparece. Vemos algo parecido en el debate sobre los asistentes de voz y su papel en nuestra vida cotidiana, donde la comodidad extrema genera nuevas preguntas sobre autonomía y dependencia. O en experimentos como la automatización en espacios cotidianos que se topan con resistencias inesperadas.
La tecnología lleva décadas prometiendo que quitarnos trabajo y fricción nos haría más libres y felices. Y en muchos sentidos ha cumplido esa promesa. Pero la fotografía analógica sugiere que la fricción no era solo un defecto del sistema: era también una fuente de significado.
Cuando algo cuesta esfuerzo, cuando tiene límites, cuando puede salir mal, la experiencia adquiere una dimensión que la versión sin fricción no puede replicar. Los filósofos llevan siglos diciéndolo de distintas formas. Ahora lo están diciendo también los chicos de veintidós años con una Olympus OM-1 comprada en el rastro.
La industria tecnológica toma nota
El sector no está mirando este fenómeno con los brazos cruzados. De hecho, está intentando capitalizarlo de formas muy distintas.
Por un lado, la estética analógica ha invadido las aplicaciones digitales. VSCO, Huji, Grain, toda una generación de apps construidas sobre la premisa de que queremos que nuestras fotos digitales parezcan fotos de carrete. Es el movimiento más predecible: si no puedes vencer la tendencia, abásorbela y véndela.
Por otro lado, hay fabricantes que están apostando por traer de vuelta hardware real. Polaroid lleva años intentando resucitar con cierto éxito. Lomography ha construido un negocio entero sobre el nicho analógico. Fujifilm tiene su línea Instax, que mezcla lo instantáneo con lo físico de una manera que ha resultado muy popular.
Incluso en el mundo del software se habla cada vez más de diseño con fricción intencional: interfaces que no te dan todo de golpe, que te hacen esperar, que introducen deliberadamente pequeños obstáculos para hacer la experiencia más memorable. Como si la industria del UX estuviera redescubriendo algo que los diseñadores de cámaras analógicas sabían desde siempre. De hecho, las tendencias en diseño de experiencia de usuario llevan un tiempo incorporando estos principios de forma cada vez más explícita.
El carrete como acto político
Hay quienes van más allá y leen en este movimiento una dimensión política que merece tomarse en serio, aunque con cautela.
El argumento es el siguiente: en un entorno donde casi todo lo que hacemos deja un rastro digital, donde nuestras fotos se suben automáticamente a servidores de corporaciones que las analizan con inteligencia artificial, donde los algoritmos aprenden de nuestra mirada para vendernos cosas, elegir una cámara de carrete es elegir opacidad. Es hacer algo que no puede ser rastreado, indexado ni optimizado.
Una foto en papel no puede ser analizada por un modelo de reconocimiento facial si no la digitalizas. No tiene metadatos de geolocalización. No alimenta ningún sistema de recomendaciones. Existe en el mundo físico, que todavía tiene algunas zonas que los datos no han colonizado del todo.
¿Es esto una lectura exagerada de lo que es simplemente un hobby con estética bonita? Puede ser. Pero tampoco parece del todo descabellada cuando la piensas en el contexto de una generación que ha crecido sabiendo que en internet, el producto eres tú.
Y no es el único espacio donde la gente está explorando formas de recuperar el control sobre su cuerpo y su experiencia al margen de los sistemas digitales. Hay conexiones interesantes con movimientos como el biohacking y la búsqueda de autonomía personal, aunque los métodos sean radicalmente distintos.
¿Y si lo que buscamos no es el pasado, sino otro tipo de futuro?
Sería un error leer el revival analógico como una huida hacia el pasado. Los jóvenes que compran carretes no quieren vivir en los años 80. Tienen smartphone, usan TikTok, consumen Netflix. No están rechazando la tecnología: están siendo selectivos con ella, algo que quizá sea la postura más sofisticada que se puede tener en este momento histórico.
La pregunta que deja abierta este fenómeno no es si lo analógico va a sustituir a lo digital, porque eso no va a pasar. La pregunta es qué nos dice sobre el tipo de relación que queremos tener con las herramientas que usamos: una relación de dependencia total y eficiencia máxima, o una relación más consciente, más lenta, con espacio para el error y para la sorpresa.
El carrete de 36 fotos no es una respuesta tecnológica. Es una pregunta humana. Y que haya tanta gente joven haciéndola al mismo tiempo quizá sea la señal más interesante que el sector tecnológico debería estar leyendo con atención.
¿Estamos aprendiendo a elegir con qué tecnología vivir?
El revival analógico en tecnología nos deja frente a un espejo incómodo. Durante décadas hemos asumido que el progreso tecnológico era una dirección única: siempre más rápido, siempre más eficiente, siempre más conectado. La fotografía analógica, el vinilo, los cuadernos de papel sugieren que esa línea recta quizá no existe, o que al menos no es tan recta como la industria necesita creer.
No se trata de romantizar el pasado ni de demonizar la tecnología digital. Se trata de algo más sutil y más difícil: aprender a distinguir entre las herramientas que nos sirven de verdad y las que simplemente hemos normalizado porque siempre estaban ahí.
Y la pregunta que queda flotando, sin respuesta fácil, es esta: si una generación nativa digital está eligiendo voluntariamente lo imperfecto, lo lento y lo irreversible, ¿qué nos están diciendo sobre todo lo demás que hemos aceptado sin cuestionarnos?
