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La IA que habla con los muertos: el negocio de los avatares de personas fallecidas

Empresas como HereAfter AI, StoryFile o la coreana DeepBrain AI ya ofrecen servicios para crear avatares digitales de personas fallecidas, capaces de conversar, responder preguntas y reproducir la voz y los gestos del difunto. Los avatares difuntos con IA plantean preguntas éticas que la tecnología, por el momento, responde más rápido que el derecho, la psicología y la filosofía juntos. El mercado existe, crece y no espera.

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El modelo de negocio varía según la empresa. Algunas trabajan con la persona en vida, recogiendo horas de grabación, textos y patrones de habla antes de que muera. Otras operan con lo que queda después: publicaciones en redes sociales, correos electrónicos, entrevistas grabadas, fotografías. El resultado en ambos casos es un sistema conversacional que imita la personalidad, el vocabulario y el aspecto visual del difunto. Que sea convincente o no depende de cuántos datos había disponibles y de cuánto dinero se invirtió en el proceso.

¿Qué hay detrás de un avatar de una persona fallecida?

Un avatar de difunto construido con IA es, en esencia, un modelo de lenguaje entrenado con los datos de esa persona concreta, combinado con síntesis de voz y, en los casos más elaborados, con un modelo visual generativo que reproduce su cara y sus expresiones. La base técnica no difiere de la de cualquier chatbot, salvo que el corpus de entrenamiento es privado y muy específico: los mensajes, los vídeos, los documentos que esa persona dejó. Si quieres entender mejor cómo funciona esa capa de lenguaje, los modelos de lenguaje grandes tienen una lógica que conviene conocer antes de confiar en lo que uno de ellos dice.

El nivel de fidelidad varía mucho. Personas con una presencia digital extensa, con libros publicados, podcasts, miles de correos conservados o vídeos largos en YouTube, pueden generar avatares más coherentes. Alguien con poca huella digital produce un modelo que rellena huecos con generalidades. Y ahí está uno de los problemas centrales: el avatar no recuerda, sino que predice lo que esa persona habría dicho, basándose en patrones estadísticos. No es memoria. Es probabilidad.

DeepBrain AI, con sede en Seúl, ofrece desde 2020 un servicio llamado “Re;memory” que permite grabar a personas mayores o enfermas terminales para crear un modelo interactivo que sus familias puedan consultar después. En Corea del Sur, una madre pudo “reencontrarse” con su hija fallecida en un entorno de realidad virtual en 2020, en un experimento emitido por televisión que generó millones de visualizaciones y opiniones encontradas a partes iguales.

¿Es ético resucitar digitalmente a alguien sin su consentimiento?

Crear un avatar digital de una persona fallecida sin que esa persona lo hubiera autorizado en vida es, en la mayoría de los países, perfectamente legal. El derecho a la imagen y la protección de datos mueren, en términos jurídicos, con distintos plazos según la jurisdicción, y ningún marco legal vigente contempla específicamente los avatares generativos. Eso no significa que sea éticamente neutro. Significa que el vacío legal beneficia a quien tiene los datos y la intención de usarlos.

Los casos más polémicos son los de personas que no dieron su consentimiento. En 2023, circularon vídeos generados con IA que reproducían la voz y el rostro de personas fallecidas para promocionar productos, algunos sin ningún aviso de que eran artificiales. Artistas, actores y músicos muertos han aparecido en campañas publicitarias o en canciones nuevas gracias a sus herederos, que sí tenían control legal sobre su imagen, pero no siempre con el beneplácito del público. El caso de Tupac Shakur en el festival Coachella de 2012, aunque era un holograma y no un avatar conversacional, abrió un debate que sigue sin cerrarse.

La pregunta del consentimiento tiene dos capas. La primera es si la persona autorizó en vida que se hiciera algo así con sus datos. La segunda, más incómoda, es si esa autorización puede ser verdaderamente informada cuando la tecnología no existía en el momento de firmarla. Nadie puede consentir exactamente lo que no puede imaginar.

Hay una tercera capa que se discute menos: el consentimiento de los vivos. Que un familiar decida crear un avatar de su madre fallecida sin consultar a sus hermanos, o que una empresa lo haga con un empleado célebre, afecta a personas que no eligieron relacionarse con esa versión sintética del difunto. Algunos psicólogos señalan que exponerse a un avatar convincente de alguien que has perdido puede interferir en el proceso natural de duelo, aunque los estudios específicos sobre este efecto todavía son escasos y preliminares.

¿Qué dice la psicología sobre hablar con avatares de difuntos?

La psicología del duelo no tiene una posición unificada sobre los avatares digitales de fallecidos, y eso, por sí solo, ya dice algo. Algunos terapeutas los ven como una herramienta que puede ayudar a personas que no tuvieron tiempo de despedirse, o que tienen conversaciones pendientes con alguien que murió de forma repentina. Otros advierten de que mantener una conversación simulada con el fallecido retrasa la aceptación de la pérdida, que es una de las etapas que el duelo necesita atravesar.

El psicólogo Robert Kastenbaum, especialista en tanatología, describió hace décadas el fenómeno de “mantener vivo” al difunto como algo que ocurre de forma natural en los primeros meses del duelo, a través de recuerdos, sueños o sensaciones de presencia. Que ahora exista un sistema que refuerza activamente esa sensación con respuestas en tiempo real es una variación que ningún modelo clásico del duelo contempló. Los límites reales de la inteligencia artificial importan aquí especialmente: el avatar no tiene ninguna comprensión de lo que dice, no te conoce, no te recuerda entre sesiones si no está diseñado para ello y no puede sorprenderte de verdad.

Lo que sí puede hacer es activar respuestas emocionales reales en el usuario. El cerebro humano responde a estímulos sociales aunque sepa que son artificiales. Un experimento de la Universidad de Cambridge publicado en 2021 mostró que personas que interactuaban con avatares de familiares fallecidos reportaban sensaciones de consuelo genuinas, pero también ansiedad y confusión en un porcentaje significativo de casos. El consuelo y el daño pueden coexistir en la misma experiencia.

¿Quién controla lo que dice el avatar de tu familiar muerto?

El control sobre el avatar depende del modelo de negocio de cada empresa, y eso tiene consecuencias directas. En la mayoría de los servicios actuales, la compañía es propietaria de la infraestructura y, en muchos casos, de los datos procesados. Si la empresa cierra, si cambia sus condiciones de servicio o si decide monetizar el acceso de otra manera, el familiar que creó el avatar tiene poco margen de acción.

Hay también un riesgo de manipulación que no es ciencia ficción. Un avatar entrenado con los datos de una persona puede ser modificado, aunque sea por error de entrenamiento, para decir cosas que esa persona nunca dijo o nunca hubiera dicho. Los límites que las empresas programan en sus sistemas de IA no siempre son transparentes, y en el caso de avatares de difuntos esa opacidad tiene una carga emocional añadida: si el avatar dice algo incorrecto sobre el fallecido, ¿quién lo corrige?

Esta pregunta se vuelve especialmente delicada cuando el difunto era una figura pública. En 2023, la familia de un político latinoamericano fallecido denunció la existencia de un avatar no autorizado que circulaba en redes sociales con opiniones políticas atribuidas al difunto. La demanda no prosperó por falta de legislación específica. El vacío legal no es un accidente: es el espacio donde operan los negocios que no quieren regulación.

Algunos países han comenzado a moverse. California aprobó en 2023 la AB 459, una ley que obliga a obtener el consentimiento explícito de los herederos antes de recrear digitalmente a una persona fallecida con fines comerciales. La Unión Europea está trabajando en directrices dentro del marco del AI Act, aunque todavía no existe ninguna norma específica sobre avatares de difuntos. El derecho va, como casi siempre, varios pasos por detrás de la tecnología. Y eso, en un sector donde los sistemas de IA actúan cada vez con más autonomía, merece atención.

El negocio crece, la regulación no

El mercado de los avatares digitales póstumos se mueve entre dos tipos de usuarios: familias que buscan consuelo y empresas que buscan monetizar la imagen de personas famosas. Ambos mercados tienen incentivos muy distintos, pero comparten la misma infraestructura tecnológica y el mismo vacío regulatorio.

HereAfter AI y Eternos, entre otras, ofrecen planes de suscripción para familias que van desde unos pocos euros al mes hasta varios cientos por servicios premium con vídeo y síntesis de voz avanzada. El sector de las celebridades es diferente: aquí intervienen gestores de herencias, agencias de representación y productoras, y las cifras son mucho mayores. La imagen de Elvis Presley, gestionada por Authentic Brands Group, ha generado más de 100 millones de dólares anuales en los últimos años, y los avatares interactivos son la siguiente frontera.

Que la IA pueda imitar a una persona con suficiente detalle como para engañar a alguien que la conocía bien es una posibilidad que ya existe, no una especulación futura. Las mismas herramientas que permiten crear imágenes que distorsionan la percepción de realidad están detrás de estos avatares. La diferencia es que aquí la víctima potencial de esa distorsión es alguien en duelo. Y eso cambia el peso ético de la conversación.

En paralelo, hay investigadores que trabajan en usos menos comerciales: preservar el testimonio de supervivientes del Holocausto, por ejemplo, es uno de los proyectos más documentados. La USC Shoah Foundation desarrolló el proyecto “Dimensions in Testimony”, que permite a visitantes de museos hacer preguntas en tiempo real a grabaciones interactivas de supervivientes. Aquí el propósito es pedagógico y el consentimiento fue explícito. Es el mismo tipo de tecnología, pero el contexto lo cambia todo.

Las grandes plataformas también tienen algo que decir. Meta, Google y Apple acumulan cantidades enormes de datos personales de sus usuarios. La cantidad de datos que generamos cada día es tan grande que ya existe la materia prima para construir estos avatares sin que el usuario lo sepa ni lo haya pedido. Que ninguna de estas empresas haya lanzado todavía un producto de este tipo de forma masiva puede deberse a cautela regulatoria, a cálculo de imagen o simplemente a que el momento no ha llegado aún.

¿Llegaremos a un punto en que no podamos distinguir si hablamos con el vivo o con el muerto?

La respuesta honesta es que ya hay casos en los que algunas personas no lo distinguen, y la tecnología aún no ha alcanzado su techo. Los modelos de síntesis de voz actuales como ElevenLabs o los sistemas de generación de vídeo como Sora o Runway pueden producir contenido que, sin entrenamiento específico para detectarlo, pasa por real en muchos contextos. La brecha entre lo auténtico y lo generado se estrecha cada año.

Lo que resulta más perturbador no es la calidad técnica, sino la asimetría emocional. Una persona en duelo no analiza fríamente si la voz que escucha es generada o no. Su cerebro quiere creer, y los avatares difuntos con IA, bien construidos, aprovechan exactamente esa vulnerabilidad. Esto no significa que todos los usos sean manipulación, pero sí que el diseño de estos sistemas debería tener en cuenta a quién va dirigido y en qué estado emocional.

La cuestión de fondo es quién tiene derecho a decidir cómo se recuerda a alguien. La IA puede imitar con precisión estadística, pero no puede capturar lo que una persona quería que perdurara de ella. Ese juicio sigue siendo humano. Por ahora.

Preguntas frecuentes

¿Es legal crear un avatar digital de una persona fallecida sin su consentimiento?

En la mayoría de los países, sí. No existe una ley específica que prohíba los avatares generativos de difuntos, aunque algunos territorios como California han empezado a regular su uso comercial. La protección de datos y el derecho a la imagen tienen plazos y alcances distintos según la jurisdicción, y ninguno fue diseñado pensando en esta tecnología.

¿Pueden estos avatares ayudar en el proceso de duelo?

Algunos estudios preliminares sugieren que pueden aportar consuelo a corto plazo, especialmente en pérdidas repentinas sin despedida posible. Sin embargo, varios psicólogos advierten de que interactuar con una simulación del fallecido puede dificultar la aceptación de la pérdida. No hay consenso clínico, y los estudios a largo plazo todavía son escasos.

¿Qué empresas ofrecen este tipo de servicios ahora mismo?

Entre las más conocidas están HereAfter AI, Eternos y la coreana DeepBrain AI con su servicio Re;memory. Cada una tiene modelos distintos: algunas trabajan con la persona en vida, otras con datos póstumos. Los precios van desde suscripciones mensuales accesibles hasta proyectos personalizados de coste elevado.

¿Puede el avatar decir cosas que el fallecido nunca dijo?

Sí, y es uno de los riesgos más documentados. Estos sistemas predicen respuestas basándose en patrones estadísticos, no en una memoria real. Si los datos de entrenamiento son insuficientes o si el modelo no está bien ajustado, el avatar puede generar afirmaciones que el difunto nunca hizo o con las que nunca habría estado de acuerdo.

¿Qué pasa con los datos del avatar si la empresa cierra?

Depende de los términos del contrato, y ahí está el problema: en la mayoría de los casos, la infraestructura y los datos procesados pertenecen a la empresa. Si el servicio cierra o cambia sus condiciones, el usuario tiene poco control. Es recomendable leer con atención las políticas de privacidad y propiedad de datos antes de contratar cualquier servicio de este tipo.

¿Existe algún uso ético reconocido de esta tecnología?

Sí. El proyecto “Dimensions in Testimony” de la USC Shoah Foundation, que permite interactuar con grabaciones de supervivientes del Holocausto en museos de todo el mundo, es el ejemplo más citado. El consentimiento fue explícito, el propósito es pedagógico y la identidad artificial del sistema se comunica con claridad. El contexto y el consentimiento marcan la diferencia.