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El fin de la publicidad tal como la conocemos: qué viene después del banner

La publicidad digital tiene los días contados en su forma actual. No porque vaya a desaparecer, sino porque el banner, el anuncio de display y el spot de vídeo pre-roll están perdiendo terreno frente a formatos que ni siquiera reconocemos como publicidad cuando los vemos. El futuro de la publicidad digital no pasa por interrumpir al usuario, sino por colarse en su experiencia sin que lo note, y eso abre preguntas mucho más incómodas que las que generaba el simple banner.

publicidad digital futuro

Para entender hasta dónde hemos llegado, hay que recordar de dónde venimos. El primer banner de la historia apareció en octubre de 1994 en la revista digital HotWired, un rectángulo de AT&T con el texto “Have you ever clicked your mouse right here? You will.” El 44% de quienes lo vieron hicieron clic. Hoy, la tasa de clics media de un banner display ronda el 0,1%. Ese número lo dice todo sobre el agotamiento de un modelo.

¿Por qué el modelo publicitario tradicional está colapsando?

El banner no murió de un golpe: se fue vaciando de dentro hacia afuera durante más de veinte años. La instalación de bloqueadores de anuncios superó los 900 millones de dispositivos activos a nivel mundial en 2023, según datos de Statista. Los usuarios no solo ignoran los anuncios, sino que han normalizado herramientas para eliminarlos de su campo visual. Las plataformas respondieron con anuncios más agresivos, formatos que no se pueden saltar, ventanas emergentes. El resultado fue más rechazo, más instalaciones de adblockers, más crispación.

Al mismo tiempo, el sistema sobre el que se construyó todo esto, las cookies de terceros, está en vías de extinción. Google anunció su eliminación en Chrome y, aunque ha retrasado el calendario varias veces, la dirección es clara. Sin cookies, el rastreo entre sitios web que permitía mostrar el anuncio de unas zapatillas persiguiéndote durante semanas deja de funcionar. Eso no significa que la publicidad vaya a ser menos intrusiva: significa que tendrá que buscar nuevas formas de saber quién eres.

Parte de ese cambio ya lo estamos viviendo. La economía de los modelos de suscripción ha reconfigurado la relación entre contenido y publicidad: plataformas como Netflix, que durante años se negaron a incorporar anuncios, han lanzado niveles con publicidad más baratos porque el modelo de suscripción puro tiene un techo al que las grandes plataformas se están acercando.

¿Qué viene después del banner y del anuncio de display?

Lo que viene después tiene varios nombres según quién lo describa, pero comparte una característica: integrarse en el contenido en lugar de interrumpirlo. Los formatos más relevantes que están ganando peso son estos.

El primero es la publicidad contextual de nueva generación. Sin cookies de terceros, la alternativa más inmediata es analizar qué está leyendo o viendo el usuario en ese momento, y mostrarle un anuncio coherente con ese contexto. Suena a algo que ya existía, y es verdad, pero la diferencia es que los modelos de lenguaje de gran escala permiten un análisis semántico mucho más profundo que las palabras clave de antes. Un artículo sobre senderismo ya no activa solo el término “montaña”: el sistema entiende el tono, el nivel de compromiso del lector y el momento del proceso de compra en que probablemente se encuentra.

El segundo es la publicidad nativa integrada en contenidos generados por IA. Las marcas están empezando a financiar herramientas de IA que ayudan al usuario mientras, discretamente, inclinan las recomendaciones. Un asistente de recetas que siempre sugiere una marca de aceite de oliva en particular. Un planificador de viajes que coloca ciertos hoteles en posiciones destacadas. La publicidad invisible dentro de la IA es probablemente el territorio más opaco que existe ahora mismo, y apenas hay regulación que lo enmarque.

El tercero, con nombres como “retail media”, es que las plataformas de venta directa se han convertido en las nuevas televisiones. Amazon Advertising facturó más de 46.000 millones de dólares en 2023 gracias a que sus anuncios aparecen en el momento exacto en que alguien está a punto de comprar. El mismo modelo lo replican Carrefour, Walmart, Mercadona con sus iniciativas digitales. El anuncio no persigue al usuario por internet: espera dentro del supermercado.

¿Es la publicidad personalizada con IA más manipulación o más relevancia?

Aquí es donde la conversación se pone incómoda. La industria lleva años prometiendo que la publicidad personalizada es mejor para todos: el usuario ve cosas que le interesan, el anunciante gasta donde tiene sentido, la plataforma gana dinero. El problema es que esa misma personalización puede derivar en manipulación psicológica sofisticada, y la línea entre ambas no siempre está clara.

Los modelos de IA que optimizan la publicidad no buscan solo mostrarte un producto relevante: buscan el momento en que eres más susceptible de comprar. Saben si estás estresado por los patrones de uso del móvil, si acabas de salir de una relación por tus búsquedas, si te quedas despierto más de lo habitual. Usan esa información para ajustar cuándo y cómo aparece el mensaje. Esto no es especulación: es la lógica declarada de la optimización de conversión.

El impacto de este tipo de técnicas en la atención humana es algo que la economía de la atención ya ha documentado con detalle. La pregunta que nadie en la industria responde de forma directa es si hay algún límite que no se deba cruzar, y quién lo fija.

En Europa, el Reglamento General de Protección de Datos y la Ley de Servicios Digitales imponen restricciones sobre el uso de datos personales para publicidad, especialmente para menores. Pero la aplicación real de esas normas va siempre por detrás de la velocidad a la que evoluciona la tecnología. En Estados Unidos, la regulación federal en este ámbito sigue siendo fragmentaria.

¿Qué papel juegan los creadores de contenido en la publicidad del futuro?

Los creadores de contenido han pasado de ser un canal marginal a convertirse en el eje central de muchas estrategias publicitarias. El marketing de influencers mueve cifras que ya se miden en decenas de miles de millones de dólares anuales a nivel global, y la razón es sencilla: el usuario acepta una recomendación de alguien a quien sigue con una resistencia mucho menor que la que tiene ante un anuncio convencional.

Pero incluso dentro de ese modelo hay una vuelta de tuerca. Los avatares digitales, influencers generados por computadora que no existen como personas físicas, están captando contratos publicitarios reales. Lil Miquela, Imma o Aitana Lopez tienen millones de seguidores y colaboraciones con marcas de moda, tecnología y cosmética. El usuario sabe que son personajes digitales, pero la respuesta emocional que generan es comparable a la de un creador humano. El negocio de los influencers virtuales que facturan millones ya no es un experimento: es una línea de negocio establecida.

Esto conecta con algo que los departamentos de marketing llevan tiempo debatiendo: si la publicidad del futuro se parece cada vez más a entretenimiento, a información útil o a una conversación, ¿sigue siendo publicidad? La respuesta legal y ética es que sí, y que debe identificarse como tal. La respuesta práctica es que la identificación explícita se difumina en cuanto los formatos se vuelven suficientemente nativos.

El trabajo creativo publicitario también está cambiando de dentro hacia afuera. Las agencias que generaban decenas de variantes de un mismo anuncio para hacer tests A/B ahora ven cómo la IA asume parte de esa producción creativa a una velocidad y un coste que no tienen comparación con el trabajo humano. Eso no significa que los creativos vayan a desaparecer: significa que el valor de su trabajo se desplaza hacia otro lugar.

El coste que no sale en el informe anual de ninguna agencia

La industria publicitaria tiene una deuda pendiente con dos conversaciones que prefiere no liderar. La primera es medioambiental. Servir anuncios a escala global, con la infraestructura de servidores, la transferencia de datos y el procesamiento en tiempo real que requiere la publicidad programática, tiene un consumo energético que nadie calcula con transparencia. La huella de carbono de un ecosistema publicitario digital a escala de Google o Meta es difícil de desagregar, pero no es despreciable. El balance entre tecnología e impacto ambiental es algo que la industria prefiere no hacer público cuando los números no son cómodos.

La segunda conversación es sobre el fraude. Se estima que en torno al 20-30% del presupuesto publicitario digital a nivel global se pierde en fraude: clics de bots, impresiones en páginas que nadie visita, tráfico comprado en granjas de clics. El fraude publicitario digital no es un problema marginal: es una de las ineficiencias más costosas y peor comunicadas del sector.

Ninguna de estas dos cuestiones suele aparecer en las presentaciones de resultados de las grandes plataformas. Lo que sí aparece son las cifras de crecimiento de la inversión publicitaria, que siguen siendo positivas año tras año aunque el modelo esté en tensión. Google y Meta controlaban juntos casi el 50% del mercado global de publicidad digital en 2023, lo que da una medida de hasta qué punto dos empresas definen las reglas para todos los demás.

La educación del consumidor tampoco ayuda demasiado. La mayoría de los usuarios no saben exactamente qué datos se usan para mostrarles un anuncio, ni tienen herramientas accesibles para gestionarlos. La brecha entre lo que la tecnología hace y lo que el usuario entiende que está pasando es enorme, y la publicidad es uno de los ámbitos donde esa brecha tiene consecuencias más directas.

¿Acabará la publicidad digital siendo algo que ya no podamos distinguir del contenido?

La trayectoria señala en esa dirección. Si el banner era un cartel dentro de una página web, los formatos que vienen se parecen más a una conversación, a una recomendación, a una herramienta útil que resulta que está patrocinada. Cuanto menos se parece la publicidad a publicidad, más eficaz tiende a ser, y esa eficacia creciente es lo que impulsa a las marcas en esa dirección.

El problema es que esa eficacia tiene un precio que no paga la marca: lo paga la confianza del usuario. Cada vez que alguien descubre que lo que parecía una recomendación era en realidad un acuerdo comercial no declarado, esa confianza se erosiona. Y cuando la confianza se erosiona lo suficiente, el ciclo del rechazo vuelve a empezar, como pasó con el banner.

Queda por ver si la regulación llegará antes de que el siguiente modelo agote también su crédito con el público, o si volveremos a esperar veinte años para constatar el daño.

Preguntas frecuentes

¿Qué va a reemplazar a las cookies de terceros en publicidad digital?

Las alternativas más extendidas son la publicidad contextual (anuncios basados en el contenido que estás leyendo en ese momento, sin rastrear tu historial), los datos propios que las plataformas recogen directamente de sus usuarios registrados, y sistemas como Privacy Sandbox de Google, que intenta segmentar audiencias sin exponer datos individuales. Ninguna alternativa replica exactamente lo que permitían las cookies.

¿Es legal que una IA recomiende productos sin declarar que es publicidad?

En la Unión Europea, la Ley de Servicios Digitales exige que la publicidad esté identificada como tal, independientemente del formato. Si un asistente de IA hace recomendaciones pagadas sin declararlo, entra en conflicto con esa normativa. El problema es que la aplicación práctica va rezagada respecto a la velocidad a la que aparecen nuevos formatos. En Estados Unidos la regulación es menos clara.

¿Funciona realmente el marketing de influencers o es una burbuja?

Las cifras de retorno de inversión que publican las plataformas y agencias del sector son positivas, pero conviene leerlas con cautela porque proceden de quienes tienen interés en vender ese servicio. Lo que sí está documentado es que la resistencia al mensaje es menor que ante la publicidad convencional, especialmente en nichos muy concretos. Si eso es sostenible a largo plazo o si el público acabará desarrollando el mismo escepticismo que tiene ante los banners es una pregunta abierta.

¿Puedo hacer algo concreto para controlar la publicidad que me muestran?

Sí, aunque con limitaciones. Puedes revisar y ajustar las preferencias de anuncios en Google, Meta y otras plataformas desde su configuración de privacidad. Usar un navegador con bloqueo de rastreo incorporado, como Firefox o Brave, reduce el seguimiento entre sitios. Y en la Unión Europea tienes derecho a oponerte al tratamiento de tus datos con fines publicitarios, aunque ejercer ese derecho requiere algo de esfuerzo en cada plataforma.

¿El fraude publicitario me afecta a mí como usuario?

De forma indirecta, sí. El presupuesto que las marcas pierden en fraude lo acaban trasladando de alguna forma a sus productos o a sus estrategias. Además, el fraude incentiva a las plataformas a ser menos transparentes sobre sus métricas reales, lo que complica que el ecosistema publicitario funcione con información honesta. El usuario que ve anuncios no paga directamente el fraude, pero tampoco sale indemne.